Decía D. Ramón del Valle-Inclán, en Luces de Bohemia, que “en España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban”, y desde luego, ni le faltaba entonces, ni le falta ahora razón. Porque las cosas no han cambiado demasiado por estos lares desde que escribió tamaña obra, aunque no sea precisamente humor todo lo que nos hace reír.
Pero definir el humor es tarea harto delicada, pues éste puede ser desde “solo una palabra”, como lo era para Groucho Marx (quien la usó constantemente ya que estaba “loco por ella y sabía que algún día averiguaría su significado) hasta llegar a considerarse como “la bendición más grande de la sociedad”, tal y como escribió Mark Twain.
No es fácil, no, aunque bromear sea una de las tareas más amenas de esta vida. Y quizás sea por la proyección que implica el acto en sí, por la envergadura del mismo. Ahora que tenemos tan en mente lo que es una pandemia comprendemos mejor que el buen humor o la risa pueden llegar a ser tan contagiosos como una enfermedad, y por ello hay que otorgarle todo el rigor y la importancia que tienen o representan. Porque bien mirado, el humor también es una posición ante la vida y lo que ésta nos depara, llegando incluso a cambiar a veces el carácter de nuestros pensamientos.

Si esto es así, no puede sorprendernos entonces que, incluso ante situaciones tan trágicas como la que estamos viviendo con esta crisis sanitaria, abunden los memes y chistes sobre el tema, agudizándose el humor e ingenio de muchos. Y como no debiera sorprendernos, menos aún molestarnos, si se saben guardar los límites del debido respeto, porque muy a pesar de algunos, el humor también es humanidad y no una forma de cobardía.
Es difícil determinar si habría que elevar el humor a cualidad moral, o a deber que tendríamos que tener para con el prójimo, como algunos se han encargado ya de señalar, pero de lo que no existe la menor duda es que, por lo general, el humor y la risa estimulan una actitud positiva y de esperanza, ofreciendo una nueva perspectiva a nuestros problemas.
Y sin negar que en ocasiones las cosas son divertidas si le suceden a otra persona, no por ello podemos afirmar tan a la ligera que el humor sea una frivolidad, o un gesto característicos de las personas que no se toman la vida en serio: se requiere mucho ingenio y eso en sí es ya un arte y afrontar determinadas situaciones haciendo uso del mismo conlleva muchos años de aprendizaje.
Hay hasta quien ha llegado a apoyar la idea de que el buen humor favorece la eficiencia mental, flexibilizando nuestra forma de pensar, e incluso a aseverar, como lo hizo Sigmund Freud, que es la manifestación más alta de los mecanismos de adaptación del individuo.
Pues bien, como ya he dicho, probablemente no sea humor todo lo que nos haga reír, pero yo, cuando las cosas se ponen serias, muchas veces opto por una sonrisa, que algunos llamarán decadente, pero que en ocasiones me resulta imprescindible para hacer frente a la insoportable severidad del mundo.
Es más, añadiría que “el humor forma parte de un cerebro bien amueblado”, y como no lo digo yo, sino la gran Rosa Mª Sardá, que tristemente nos acaba de dejar, no hay margen para suspicacias. Ah, y por supuesto, me sumo también a su desconfianza: “yo no me fiaría de alguien que no tuviera sentido del humor”.









