Dios no manda cosas imposibles

Que en la vida todos cargamos con alguna cruz es algo más que evidente, pero que tengamos que cargar con ella nosotros solos ya no lo es tanto. Como decía San Agustín, “Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas y te ayuda para que puedas”.

La verdad es que esta reflexión del santo me proporciona mucha tranquilidad y necesariamente hace que evoque la figura de Simón Cirineo, quien ayudó a Jesús a llevar la cruz en el camino del Calvario, si bien es cierto, todo hay que decirlo, que no lo hizo por voluntad propia. Pero obligado a ello o no, el saber que podemos contar con apoyo a la hora de sobrellevar algunas cargas proporciona un determinado grado de alivio, que es mucho mayor aún si además contamos con la confianza en esa ayuda. Y a pesar del esfuerzo que invirtamos en el intento de demostrar lo contrario, dependemos del favor de otros, de la misma manera que dependemos del hecho de ayudar a otras personas.

ayuda

Ahora bien, igual que no podemos cargar con todo, tampoco podemos ayudar o proteger a todos, ni de todo, por mucha voluntad y empeño que pongamos en ello. Primero, porque a veces insistimos en brindar una ayuda que nos negamos a nosotros mismos, y también porque en ese intento de ser útiles a los demás existe una delgada línea prohibida que corremos el riesgo de cruzar, proyectando nuestros deseos sin tener en cuenta nada más y llegando, en el peor de los casos, a anular la voluntad de quien recibe nuestra protección.

Por eso es importante comprender que la ayuda no solo implica el dar lo que tenemos o podemos, sino también el dar lo que realmente se necesita, en preguntarnos si de verdad con nuestro comportamiento estamos aportando algún beneficio para los demás. Hay experiencias que solo uno mismo puede y debe vivir, no vaya a ser que por ese exceso de celo, en lugar de ayudar como amigos, y aun sin ser conscientes, hagamos daño como enemigos.

El humor también es humanidad y no una forma de cobardía

Decía D. Ramón del Valle-Inclán, en Luces de Bohemia, que “en España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban”, y desde luego, ni le faltaba entonces, ni le falta ahora razón. Porque las cosas no han cambiado demasiado por estos lares desde que escribió tamaña obra, aunque no sea precisamente humor todo lo que nos hace reír.

Pero definir el humor es tarea harto delicada, pues éste puede ser desde “solo una palabra”, como lo era para Groucho Marx (quien la usó constantemente ya que estaba “loco por ella y sabía que algún día averiguaría su significado) hasta llegar a considerarse como “la bendición más grande de la sociedad”, tal y como escribió Mark Twain.

No es fácil, no, aunque bromear sea una de las tareas más amenas de esta vida. Y quizás sea por la proyección que implica el acto en sí, por la envergadura del mismo. Ahora que tenemos tan en mente lo que es una pandemia comprendemos mejor que el buen humor o la risa pueden llegar a ser tan contagiosos como una enfermedad, y por ello hay que otorgarle todo el rigor y la importancia que tienen o representan. Porque bien mirado, el humor también es una posición ante la vida y lo que ésta nos depara, llegando incluso a cambiar a veces el carácter de nuestros pensamientos.

E L HUMOR ES..

Si esto es así, no puede sorprendernos entonces que, incluso ante situaciones tan trágicas como la que estamos viviendo con esta crisis sanitaria, abunden los memes y chistes sobre el tema, agudizándose el humor e ingenio de muchos. Y como no debiera sorprendernos, menos aún molestarnos, si se saben guardar los límites del debido respeto, porque muy a pesar de algunos, el humor también es humanidad y no una forma de cobardía.

Es difícil determinar si habría que elevar el humor a cualidad moral, o a deber que tendríamos que tener para con el prójimo, como algunos se han encargado ya de señalar, pero de lo que no existe la menor duda es que, por lo general, el humor y la risa estimulan una actitud positiva y de esperanza, ofreciendo una nueva perspectiva a nuestros problemas.

Y sin negar que en ocasiones las cosas son divertidas si le suceden a otra persona, no por ello podemos afirmar tan a la ligera que el humor sea una frivolidad, o un gesto característicos de las personas que no se toman la vida en serio: se requiere mucho ingenio y eso en sí es ya un arte y afrontar determinadas situaciones haciendo uso del mismo conlleva muchos años de aprendizaje.

Hay hasta quien ha llegado a apoyar la idea de que el buen humor favorece la eficiencia mental, flexibilizando nuestra forma de pensar, e incluso a aseverar, como lo hizo Sigmund Freud, que es la manifestación más alta de los mecanismos de adaptación del individuo.

Pues bien, como ya he dicho, probablemente no sea humor todo lo que nos haga reír, pero yo, cuando las cosas se ponen serias, muchas veces opto por una sonrisa, que algunos llamarán decadente, pero que en ocasiones me resulta imprescindible para hacer frente a la insoportable severidad del mundo.

Es más, añadiría que “el humor forma parte de un cerebro bien amueblado”, y como no lo digo yo, sino la gran Rosa Mª Sardá, que tristemente nos acaba de dejar, no hay margen para suspicacias. Ah, y por supuesto, me sumo también a su desconfianza: “yo no me fiaría de alguien que no tuviera sentido del humor”.

 

El corazón en la cabeza

Los días van pasando y las emociones se hacen cada vez más difíciles de gestionar, en parte, por la enorme contradicción que albergan muchas de ellas: agradecimiento, tristeza, culpabilidad, alegría, cansancio, respeto, admiración, decepción… La lista se hace innumerable y no existe segundo en el que no brote alguna. A veces se repiten, aunque otras aparecen por primera vez, difíciles de identificar, pero abriéndose paso entre las demás con paso fuerte. Además, vienen para quedarse, mucho me temo.

No sé, puede que sea el efecto lógico después de ver y valorar todo lo bueno que ha aflorado con esta pandemia; puede que sea la resaca del aplauso o el aterrizaje forzoso en este nuestro mundo, en el que a pesar de todo hay cosas que no cambian nunca, por mucha fe que pongamos en el empeño.

Estoy hablando de egoísmo, sin lugar a dudas, no de amor propio, sino de egoísmo y además, del que no es aceptable en términos de Jacinto Benavente, del que no persigue precisamente procurar que todos estén bien para estar uno mejor.  No, al que hago referencia aquí es a ese que tiene que mucho que ver con la infelicidad, con la incomprensión, la injusticia y desgraciadamente, también con la crueldad. Ese egoísmo que separa a las personas en momentos decisivos en los que la unión debiera ser comunión.

EGOISMO

Quizás hayamos pecado de ilusos al pensar que las cosas podían cambiar y más si hablamos de comportamientos que forman parte de la misma naturaleza humana, que parece predisponernos a utilizar todo cuanto está en nuestras manos para lograr nuestros objetivos, sean del tipo que sean.

Más allá del solipsismo (cuya doctrina solo acepta la propia existencia, reduciendo el mundo restante a un universo paralelo creado por la imaginación) este egoísmo parece que lo lleváramos en el ADN, como un mecanismo de defensa utilizado por nuestras células para fagocitar el dolor, produciéndose así una curiosa paradoja: sin egoísmo no podemos sobrevivir, pero sin altruismo no podemos convivir. Hay entonces que buscar un equilibrio si no queremos acabar separados por una sociedad en la que solo somos sensibles a los males públicos, cuando afectan a nuestros propios intereses.

La clave quizás esté en la memoria, en el recuerdo, porque el sufrimiento es verdad que nos hace egoístas, mostrándonos durante un periodo de tiempo incapaces para  ver mucho más allá de él, y solo es bastante más tarde cuando nos descubre la compasión. Pero claro, se necesita tener memoria, o mejor dicho, no perderla de forma selectiva.

Y también puede ser importante en esa búsqueda de armonía no olvidarnos del respeto, a uno mismo, por supuesto, pero también a los procesos de los demás. Respeto y aceptación del momento vital de cada uno. Quitarnos alguna vez esos cristales de aumento con los que nos observamos constantemente y dirigir la mirada a nuestro alrededor para descubrir otras realidades que conviven con la nuestra, personas que también conocen su propio dolor.

Sí, quizás sea bueno descubrir que hay más caminos aunque el nuestro sea el correcto y que tenemos corazón, aunque en muchas ocasiones se encuentre alojado en la cabeza. Al fin y al cabo, “un hombre no se define como egoísta por perseguir su propio bien, sino por descuidar el bien de otros”.-Richard Whately.

La “nueva normalidad” o sencillamente…volver a empezar

En estos días de confinamiento hemos aprovechado para hacer múltiples cosas, entre ellas ver series o películas y no todas recientes,  al menos yo. Curiosamente, una de las que he visto, mejor dicho, que he vuelto a ver, ha sido la de “Volver a empezar”, de José Luis Garci, sí, esa que no tuvo muy buena acogida por parte de la crítica, pero que curiosamente fue la primera de nacionalidad española en ganar el Óscar a la mejor película extranjera. Nadie es profeta en su tierra…

Dejando de lado estas cuestiones (ya se sabe, para gustos hay colores) si la menciono hoy aquí es más bien por lo que en su día no supe ver bien o quizás ignoré completamente: la reflexión sobre cuáles son o deben ser los valores necesarios para volver a empezar, para hacer bien las cosas remontando la angustia y sin detenernos en el pasado.

Efectivamente, amor, esperanza, valor, fe en la vida y en las personas son ingredientes necesarios para no anclarse en el ayer y poder seguir de frente. De eso habla la película. Y es cierto que no podemos considerarnos una “generación interrumpida”  por haber vivido estos más de dos meses de pandemia (quizás los más jóvenes no estén tan de acuerdo), pero de alguna manera todos sentimos que nos han arrebatado algo, porque en verdad, todos hemos perdido algo.

He escrito perdido conscientemente, pues lo de aprendido no lo tengo yo tan claro, basta si no con ver cada día determinados comportamientos irresponsables que se suceden por las calles de muchas ciudades, y que hacen que se nos encoja el corazón ante lo que parece una falta total del respeto al dolor de muchos y al trabajo y entrega de tantos.

Pero quejarse y señalar con el dedo no sirve de mucho si nos quedamos solamente en eso. Toca avanzar, comenzar de nuevo pasando página, pero con memoria, sin olvidar nunca, algo que para algunos será mucho más difícil, pues les han arrebatado el libro entero.

Hay dolor,  hay decepción, eso es más que evidente, y por supuesto hay fracaso, también es obvio, y cuanto antes lo aceptemos, antes podremos comenzar de nuevo, porque bien mirado, también “el fracaso es la oportunidad de comenzar de nuevo con más inteligencia”, como bien decía Henry Ford.

NUEVA NORMALIDAD

Es importante entonces que nos adaptemos (en ningún momento quiero decir que nos conformemos) a las nuevas exigencias, que enfrentemos las dificultades, pero sin “pervertirnos”, evolucionando y sin bajar la guardia; manteniendo nuestra esencia, aunque el proceso lleve su tiempo: hay cosas que llevan su tiempo… y otras que el tiempo se lleva.

¿Por dónde empezar? Cerca del suelo, con humildad, reflexionando dónde hemos fallado y logrando que el sufrimiento y la muerte de tantas personas no se conviertan en algo inútil.

Hay mucho trabajo por hacer. Hay que ponerle voz a los gritos silenciosos y anónimos que han inundado esta tragedia. Y con fuerza también, esa fuerza que nos permita volver a levantar la cabeza y que nos devuelva la dignidad que nunca perdimos, aunque lo pensáramos muchas veces envueltos en la rabia, la impotencia y la desesperación.

¿Cuándo? Ya, ahora, sin perder ni un solo instante y a aquellos que no sean capaces de ver la enorme oportunidad que se nos brinda, les ayudamos a buscarla. Sin esperar el otoño, que no somos árboles, aunque podamos echar hojas nuevas y más si aprovechamos el oasis de la esperanza.

¿Y por dónde empezamos? Pues podemos comenzar por la razón y terminar por la experiencia o podemos hacerlo al revés, sin perdernos en demostrar quién tenía razón y permitiendo que esta terrible experiencia sea la que  nos ayude a encontrarla para hacer mejor las cosas. Si esto es así, lo mejor será empezar donde estamos, usando lo que tenemos y haciendo lo que podemos, que nunca será poco y menos demasiado.

¿Que cómo lo hacemos? Pues en serio, que cuando se ha visto la cara a la muerte no queda tiempo para bromas, y siendo muy conscientes del enorme privilegio que se nos está otorgando: el de tener la posibilidad de dibujar las cosas de otra manera, incluso de aquella en como las hemos soñado. Y con disciplina, que es la mejor herramienta que se puede tener para gestionar la suerte.

PRIVILEGIOS

Pero eso sí, ir en serio no significa que no se pueda soñar, a eso me niego, que cuanto más se sueña, más lejos se llega, aunque tengamos que aprender a poner fechas de vencimiento a esos sueños, porque en verdad “a cada instante se pone a cero el contador, y el ser humano tiene un don maravilloso: la oportunidad de empezar, e intentarlo de nuevo”. – Arturo Pérez-Reverte

A los que no temen ser vulnerables

Después de más de un mes de pandemia, lo reconozco, sigo teniendo miedo y me siento muy vulnerable. No es una sensación agradable, porque además intuyo que implica una cierta derrota y ello me hace recordar la frase de Marie Curie, que pareciera escrita para la ocasión: “Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos”.

Pero comprender se torna un ejercicio harto complicado en época de confinamiento. Las personas aisladas se sienten débiles; la soledad nos hace vulnerables al hacernos plenamente conscientes de todo lo que estaríamos dispuestos a compartir. Y esta soledad no buscada también nos hace culpables, al sentir que injustamente renegamos del privilegio que a otros muchos se les ha negado indiscriminadamente. Sí, cuando la muerte acecha, hay mucho tiempo para la culpa y el remordimiento.

Y posiblemente esa culpa forme parte del proceso para hacerlo mejor la próxima vez, incluso puede que sea el primer paso para que afloren otros sentimientos, como la empatía y la solidaridad. Es cierto que lo ha hecho de una forma un tanto caótica a veces, pero es que resulta que nos piden que seamos ordenados cuando, quizás, la única forma de sobrevivir a esta pesadilla en la que nos hemos visto inmersos de la noche a la mañana sea siendo caóticos, adaptando nuestros sentimientos al mismo caos dentro de una “bendita locura”. No en vano muchos de los sentimientos verdaderos tienen su génesis en el caos.

VULNERABILIDAD

Estamos en un momento de nuestras vidas en el que se nos escapa de las manos el control de innumerables cosas (por no decir de todas); el caos ha roto nuestra vida armónica y nos encontramos en un punto en donde, probablemente, solo la irreversibilidad del tiempo sea capaz de volver a poner orden firmando un ficticio armisticio.

Confiemos en que este caos engendre vida, al igual que por pura obligación ha engendrado hábitos. Ojalá todo esto sirva de aprendizaje y podamos continuar muy pronto con la rutina diaria, sin renunciar al miedo, pero sin entregarnos a él.

Puede que la vulnerabilidad sea la marca de nuestra existencia y esta crisis lo haya evidenciado aún más: cuando tendemos la mano a quienes lo necesitan reparamos en lo verdaderamente frágiles que podemos llegar a ser. Pero una cosa es reconocerlo y otra bien distinta el que ello nos haga más débiles. Al contrario, nos humaniza. Por eso me uno “a los que no temen ser vulnerables. Porque ésos tienen confianza en sí mismos, saben que todo el mundo tropieza en algún momento y no lo interpretan como una señal de cobardía, sino de humanidad” Paulo Coelho.

Superstición y lenguaje: nunca se sabe…

“Pero quiero que sepan que entre mis defectos se cuenta el de ser un hombre supersticioso. Es ridículo, lo sé, pero no puedo evitarlo”.  Mucho me hizo pensar esta frase cuando leí “El Padrino”, de Mario Puzo. Recuerdo también que en algún momento dije ¿y quién puede hacerlo? Hoy, bastantes años después, reconozco que sigue siendo una cuestión recurrente en mi vida y sobre la que no tengo ninguna exclusividad. Porque independientemente del grado de credibilidad que le otorguemos a las supersticiones populares (vestirse de amarillo, tocar madera, cruzar los dedos…) lo cierto es que, además, cada uno tiene sus propias supersticiones particulares. Y las razones en base a las que las alimentamos van desde la ignorancia, señalada por muchos, hasta el miedo y la estupidez aventurados solo por algunos valientes.

Nunca se sabe… es verdad, pero tampoco nunca se sabe de qué peor suerte nos ha salvado nuestra mala suerte.

Quizás todo se podría reducir a una simple pregunta ¿es predecible la suerte? Pues depende, y más aún si a esa suerte la adjetivamos: ¿la buena o la mala? Si hablamos de la buena, honrado sería apuntar que mucho también tiene ésta que ver con la búsqueda de oportunidades y con el entusiasmo. En la mala, por el contrario, hay un arraigo de culpa y de falta de libertad que de alguna forma justifican creencias, sin fundamento ni lógica.

SUERTE

Y si de lógica hablamos, la misma ciencia debería haber acabado con la superstición, aunque es imposible erradicar aquello que de una forma u otra nos fascina y se hace imprescindible en nuestra existencia (para bien o para mal): la necesidad de que la vida nos desvele gradualmente sus secretos.

De sobra sabemos todos que para cambiar de suerte debemos cambiar primero de pensamientos; no obstante, aquí no vale eso de ‘una cosa es decirlo…’, porque precisamente en el lenguaje tendríamos un gran aliado para modificar nuestra realidad: cambiar afirmaciones para transformar creencias. Y es verdad, os  doy mi palabra.

Pero… (y los peros llevan implícito un cierto temor), si como escribió Juan Luis Vives, “no hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras”, no se hable más: cuidemos el verbo, porque si lo rompemos puede que tengamos más de siete años de mala suerte.

Una cuesta sin atajos

Llegó enero y su temida cuesta, en la que no solo se amontonan los gastos, sino que existen también otras secuelas derivadas de los excesos navideños y que son más de índole anímico o emocional. Ya sea por agotamiento o desánimo, la vuelta a la rutina puede hacerse muy cuesta arriba y convendría no perder de vista la longitud de esta pendiente.

En un triángulo rectángulo, la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Este es el célebre Teorema de Pitágoras que a todos nos enseñaron en la escuela y que de una forma u otra está muy presente en nuestras vidas a la hora de calcular la inclinación de las pendientes. Pues hay centímetros en la vida que son muy importantes y cuando el camino tira hacia arriba, más aún. Cuando la carrera incluye cuestas la cabeza es la que da las órdenes, encontrándonos con dos tipos de corredores: aquellos que intentan seguir corriendo a toda costa, pero también los que se deciden por caminar y salvar energías en detrimento de la velocidad.

SIN PRISA

Ya lo dijo William Shakespeare, “si se quiere ascender por cuestas empinadas, es necesario al principio andar despacio”. Y puede que no le falte razón. Está bien eso de comenzar el año con ilusión y con energía, pero el bajar el ritmo tampoco implica necesariamente dejar de llegar a todo, solo llegar un poco más tarde o en mejores condiciones. Además, no es necesario hacerlo todo, ni hacerlo de golpe. Sería ir en contra de nuestra propia sostenibilidad.

Ansiedad, impaciencia, pérdida del control…son pésimos atajos para llegar a la cumbre y si los tomamos seamos conscientes del duro peaje que pagaremos al hacerlo. Peajes que tienen mucho que ver con la libertad y con la felicidad.

Vivir lento, vivir slow. Ante la cima, desacelerar no tiene por qué ser malo, todo lo contrario: es dejar de encontrar excusas para bajar hallando razones para subir. Quizás incluso evitar equivocarse, evitar errar el camino. La razón obra con lentitud (la pasión en un instante) y sortea el que vayamos hacia ninguna parte.

Sin prisa y sin precipitación, sin pisarnos los talones. Que la prisa es una trampa del tiempo, y de eso…, de eso andamos más bien escasos.

De propósitos y enmiendas…

Aunque para los cristianos el propósito de la enmienda pueda ser una firme resolución de no volver a pecar, éste no deja de ser compatible con la previsión o certeza de que en el futuro se volverá a cometer el pecado por el que uno se ha arrepentido.

¿Quiere entonces decir esto que el propósito no fue sincero? En absoluto, ya que el temor de volver a caer (o la misma realidad de hacerlo) no anula la voluntad de no querer volver a pecar, no va en contra de la autenticidad del propósito.

Los propósitos no son fáciles, aunque a estas alturas del año su planteamiento lo parezca (que levante la mano quien no haya comenzado ya su lista), pero es mucho más difícil vivir sin ellos: “una persona sin propósito es como un barco sin timón” – Thomas Carlyle.

METAS

Los objetivos son necesarios, quizás no tanto para mantenernos vivos, pero sin duda alguna, esenciales para motivarnos. Y mucho se ha escrito acerca de cómo debieran ser: realistas, alcanzables, específicos…pero a menudo olvidamos algo esencial en su consecución: que  nos hagan felices.

Huyamos de las meras aspiraciones o intenciones que expresan falsas necesidades y vayamos en busca de propósitos auténticos, que nos hagan felices aunque no lleguemos a alcanzarlos, ya que bien pensado, las metas no siempre están hechas para lograrlas, sino que son solo señales para saber a dónde dirigirnos.

Estéis o no de acuerdo, de cara al próximo año y a todos los venideros, me lleno de propósitos que puedan hacerme feliz, porque en definitiva son los que me permitirán pensar que soy capaz de llegar allí donde me proponga.

¿Es la Navidad una necesidad?

Sí, la Navidad ha vuelto y está en todas partes, en la tele, en la calle, en el trabajo, en casa… y se manifiesta a través de múltiples y variopintos mensajes: desde la superficialidad y el consumismo, hasta el realismo y la espiritualidad, sin olvidar aquellos que nos hablan de reconciliación, optimismo, celebración, paz o libertad.

Y también de amor, pero claro, afirmar que la Navidad es sinónimo de amor supondría a priori correr el riesgo de reducir este sentimiento a algo muy efímero, obviando que lo que es perecedero no es el amor, sino el tiempo que tenemos para amar.

Parece que no nos ponemos del todo de acuerdo en la forma de celebración de estas fiestas, entre otras cosas, porque cada vez se hace más patente que no se tiene por qué seguir un patrón preestablecido para ello. Y en todo caso, de seguir alguno, únicamente debiera ser el del sentido común (aunque éste, ya se sabe, no sea el más común de los sentidos).

NAVIDAD CONCIENCIA

Y si de sentido común hablamos, mucho tiene lo que hace ya un par de años nos recordó el Papa Francisco, hablando precisamente de la Navidad: debemos estar atentos, porque “la persona que está atenta es la que, en el ruido del mundo, no se deja llevar por la distracción o la superficialidad, sino que vive de modo pleno y consciente, con una preocupación dirigida en primer lugar a los demás”.

Efectivamente, en un mundo en que tan de moda se ha puesto la palabra “humanización”, deberíamos estar muy atentos. Fieles a nosotros mismos y a las elecciones personales, sí; alineados con nuestros deseos y tradiciones, también; pero sin abandonar nuestros valores, sin olvidar  dirigir la mirada hacia las necesidades “del otro”, sin obviar ese respeto a sus capacidades y cualidades humanas. Es necesario encontrar un terreno común: ya no se trata solo de dejar de construir muros y tender más puentes. Hay que dar un paso más, porque si los puentes son para todos, también debiera serlo el privilegio de elegir el lado del mismo en el que nos encontramos.

Vista desde esta perspectiva y respondiendo a la pregunta inicial: afirmativo, la Navidad es una necesidad, porque necesarios son siempre esos días que nos invitan a la reflexión y al discernimiento, pero no es menos verdad que “una buena conciencia es una continua Navidad” (Benjamín Franklin).

Disimula que viene…

Disimula que viene… ¿cuántas veces habremos dicho u oído esta frase?

Nos pasamos la vida disimulando, lo queramos reconocer o no: ojeras, pecas, acné…, y no solo posibles mal o bien considerados defectos, sino también errores, emociones o sentimientos, llegando en nuestra estrategia disimulatoria incluso hasta convencernos de sentir lo exactamente opuesto a lo que de verdad sentimos: “la gente enseña para disimular su ignorancia, lo mismo que sonríe para ocultar sus lágrimas” (Oscar Wilde).

Algunos hasta se han convertido en verdaderos ninja y hacen del disimulo una norma esencial en la ejecución de sus vidas. Como dice el refrán, “lo que no puedas vengar, disimular y esperar”.

Bien, que lo hacemos está claro; el motivo quizás no tanto. En primer lugar, porque a veces más que disimular estamos simulando, y no es lo mismo aunque su fin sí lo sea: engañar. La simulación se fundamenta en lo que no existe, mientras que la disimulación lo hace en cosas reales. Disimulamos lo que realmente existe, lo que sabemos.

DISIMULAMOS

A veces simulamos ser lo que no somos sin pensar que si realmente nuestra existencia nos importa, ésta debería revelar quiénes somos verdaderamente. Si nacemos originales, por qué ese empeño en convertirnos en copias, por qué esa lucha constante entre lo que somos y lo que queremos que los demás crean que somos. Además, y bien pensado, puede que cuanto más disimulemos, más mostremos la personalidad que ocultamos. ¿No dicen que nuestros actos nos definen?

Efectivamente, el arte del disimulo resulta más elegante que la propia simulación y quizás un poco más alejado de la mentira, al ser tal vez solamente una forma de dar descanso a lo verdadero. En cualquier caso, en todo este vaivén de ocultamientos y engaños, probablemente estemos olvidando algo que sí es evidente: a menudo, la mejor forma de esconderse es mostrarse.

Y tú, ¿simulas o disimulas?