Es el acento y no la palabra

Es verdad, te puede gustar más o menos el flamenco (para gustos los colores), pero seguro que si alguna vez has escuchado a Lola Flores, no te ha dejado indiferente. Ahora nos dicen que fue el acento lo que la hizo única, lo que posibilitó que se la entendiese en todo el mundo. En efecto, más allá de su forma de hablar (que también) fue su forma de ser, su originalidad, la que hizo que esta persona rompiese todas las barreras y estereotipos.

Bien, aunque a simple vista no parece complicado eso de ser auténtico, de abrazar lo que somos realmente, la verdad es que a la hora de ponerlo en práctica el camino no es fácil porque, aunque el acento sea la verdad, para ser auténticos se necesita, de base, que cabeza y corazón estén alineados, y no por casualidad, sino día a día. Y eso hay que trabajarlo mucho.

Además, esa autenticidad, ese ser nosotros mismos y no quien otros creen que debemos ser, lleva implícita una cierta forma de rebelión, de atrevimiento, una manera diferente de ver las cosas que puede llegar a asustar. Implica asumir la responsabilidad necesaria para ser y la libertad de disfrutar de ser quien se es. ¡Ahí es nada!

Y por supuesto, entraña elecciones, significa “decir no” a menudo; pero esa honestidad, a la larga, recibe premio en forma de respeto. Porque ser distinto no es malo, y te permite asimismo sentir más la vida, al comprender que los detalles importan, ya que marcan la diferencia.

Cuando abrazas tu autenticidad, cuando esta no te incomoda, sino que te sientes en armonía con ella, puedes compartir tus alegrías y penas con los demás sin correr el riesgo de que tu individualidad quede anulada.

De verdad, piénsalo, y no creas que trato de persuadirte cuando te digo que realmente “es el acento el que convence y no la palabra.” ― Macedonio Fernández.

Mi meta es tu verso

El universo no tiene límites, lo sabemos, y el digital avanza con pasos de gigante en un mundo globalizado y en una era de conectividad a la que todos quieren adaptarse.

Parece que en este contexto digital el metaverso supondrá el próximo gran salto, acelerado quizás por la última pandemia, con sus confinamientos e inevitable distanciamiento social. Un nuevo entorno virtual en el que los avatares cambiarán la forma en que hasta ahora nos relacionamos.

Hay una nueva meta más allá de internet y las redes sociales, un nuevo universo virtual y en 3D,  que nos permitirá interactuar de forma totalmente descentralizada. Es decir “la realidad virtual nos va a permitir entrar y navegar dentro de la imagen. Antes la imagen servía para transformar el mundo; ahora la imagen virtual es el mundo”, tal y como ha descrito el científico francés, Philippe Quéau.

Pero en este nuevo entorno virtual se evidencian algunas carencias o contradicciones, y vaya por delante que no estoy en contra de esta disrupción digital (más allá de la brecha digital, fake news,  el riesgo para la seguridad de nuestros datos personales,…) a priori. Sí, me estoy refiriendo a ese “vacío” que se está produciendo en el mundo de las comunicación personal.

¿Estamos tan desconectados de nuestra realidad como para crear metaversos? ¿Por qué echamos el resto para lograr una eficacia comunicativa, por ejemplo en RRSS, intentando ser convincentes, “influencers”, agradables e interesantes, con la finalidad de captar la atención de nuestros destinatarios, y no aplicamos las mismas herramientas en nuestras relaciones personales?

Y luego está la agilidad, la rapidez, el comunicar a tiempo, premisa que intentamos por todos los medios cumplir cuando hablamos de comunicación digital, pero que es insuficiente cuando a comunicación personal se refiere. En la comunicación personal parece que no nos tomamos tan en serio lo de “no retrasarnos”. Y qué decir ya de la honestidad, prudencia o credibilidad. No sé, deberíamos cuestionarnos por qué cuidamos tanto, o nos esmeramos tanto en la comunicación digital (algo que no es nada reprobable, todo lo contario) y sin embargo, por lo general, no aplicamos las mismas premisas en este otro ámbito.

Nos encantan los chat, utilizamos los grupos de WhatsApp y sin embargo, cuando entra en juego la presencialidad, cada vez debatimos menos, compartimos menos, hecho este que determina en gran medida las características de nuestras relaciones personales, sociales y laborales.

Quizás toda esa pericia que nos gastamos en reunir y compartir digitalmente (pericia que hasta ahora algunos ignoraban en sus habilidades) debiéramos utilizarla en las experiencias personales del día a día. Si sabemos a ciencia cierta que necesitamos ser escuchados, al comunicarnos, no permitamos que porque se abra todo un abanico de nuevas (y para nada desdeñables) posibilidades con la comunicación digital, haya que renunciar a las que ya teníamos desde siempre, privilegio que podemos y debemos seguir utilizando, sobre todo, en las distancias cortas.

Y sí, quizás muchas veces no podamos elegir el momento, el tiempo o la persona, y a veces debamos conformarnos con el contexto que nos toca vivir, pero no podemos olvidar que hay situaciones, “momentos mágicos” que solo se producen cuando las personas se encuentran presentes en un mismo lugar, y esto, esto no lo podemos olvidar, porque a veces perdemos mucho tiempo buscando lo que realmente no existe, y lo  que de verdad importa, lo que DE VERDAD necesitamos, se nos escapa, que es precisamente eso: la palabra, el verso.

Ni una buena guerra, ni una mala paz

No, digan lo que digan, no existe la guerra inevitable y si esta llega, es por fallo del hombre, como señaló el político británico Andrew Bonar Law.

Y porque son evitables, no hay guerras justificadas, ya que ninguna es necesaria, según nos demuestra la historia: nunca ha existido una buena guerra, ni tampoco una mala paz, como también apuntó Benjamín Franklin. No existe nada que se haya conseguido a través de las guerras que no se hubiese podido lograr sin las mismas, por mucho que algunos se empeñen en decir lo contrario. Lo que sucede es que estamos tan acostumbrados a escuchar que la mejor defensa es un buen ataque, que parece que la paz solo puede mantenerse por la fuerza y esto no es así. No, no lo es y nunca lo será: no hay guerras buenas, porque TODAS implican una violencia y un sufrimiento inaceptables.

La guerra siempre es una salida cobarde, un fracaso de la diplomacia y una derrota para el género humano, pues nos deshonra como personas. Y lo peor de todo es que la diplomacia no tendría que fracasar, ya que quienes la conforman deberían entender, de una vez para siempre, que la guerra no es un juego de cartas mezcladas por el destino, sino un macabro tablero de ajedrez en el que el se mantiene en jaque a toda una población, que es quien de verdad la sufre. Personas a las que les arrebatan TODO, que lo pierden todo desde el momento en que  les privan de su derecho a vivir en paz, condenándolas a morir por un sinsentido.

Tampoco es un destino, sino una elección o invención de unos pocos, que llaman razonamiento a encontrar argumentos para justificar lo que hacen. Una razón que ciega a algunos y quema con metralla a otros, y una razón que se pierde, aunque alguna vez se haya tenido.

Insisto, la pérdida de vidas durante un conflicto nunca estará lo suficientemente justificada. Ese es el arma definitiva de los que desean la guerra a toda costa: hacer creer que no existe alternativa, cuando siempre la hay. Siempre queda el volverlo a intentar, eso al menos deberían habernos dejado en herencia otras guerras y genocidios.

Pero, seamos claros,  peor que la calima es la nube de la sospecha, o secreto a voces, que explica el que después de haber dicho tantas veces nunca más sigan existiendo teatros de guerra como el actual, en el que se representa una vez más la atroz tragedia. ¿Qué podemos esperar de una sociedad que sigue fabricando armas si estas sirven solo para matar? Pues eso, “haz las guerras no rentables y las harás imposibles”, A. Philip Randolph.

Y si la razón no nos enseña nada, como parece que así es, actuemos con el corazón porque, como seres humanos, la razón jamás justificará estos terribles actos.

Buscando la esencia, más allá de la apariencia

En un mundo digital repleto de bloggers, youtubers e instagramers, y en el que las redes sociales forman parte del estilo de vida de muchas personas, no es difícil caer en la tentación de querer ser influencer. Aspirar a ser líder de opinión, en principio, no tendría por qué ser cuestionado, sobre todo, si no se transgreden los límites legales, pero sería temerario obviar que existen riesgos en esa influencia que una persona puede ejercer sobre otras, en especial, cuando rozamos la ausencia de verdad.

El grado de credibilidad de acción que los diferentes públicos otorgan a esos influencers puede llegar a ser muy elevado, lo que hace cuestionar a veces nuestro criterio para saber identificar contenidos de calidad y puede llegar a darle la razón a Óscar Wilde, cuando escribió que “en esta vida la primera obligación es ser totalmente artificial”.

Pero, sin demonizar a nadie, y más allá de nuestra responsabilidad personal como consumidores digitales, también deberíamos cuestionarnos la importancia de la esencia, más allá de la apariencia, en los demás y en nosotros mismos.

Sí, es importante cuidar la marca personal, la huella que dejamos en los demás, y es importante aunque ésta sea nuestra principal fuente de ingresos. Porque la marca personal lleva implícita nuestra trayectoria, o lo que es lo mismo, todo aquello que hace que seamos quienes somos, o que seamos conocidos o desconocidos para otros. Y cuidarla significa no solo darle importancia, sino también el no obviar que ésta debe ser verdadera. Ahora bien, si lo verdadero es siempre sencillo, ¿por qué complicamos tanto las cosas?

Que la vida esté llena de aprendizajes no significa que debamos vivir fingiendo, imitando patrones, conductas o comportamientos pues, al final, por muy razonables que sean, las imitaciones son solo eso y, a la larga, no suelen ser convincentes.

No hay peor mentira que la que se vive y esto sucede cada vez con mayor frecuencia, aunque no seamos muy conscientes. A veces, la línea que separa la verdad de la mentira es pequeña y atravesarla es muy fácil, sobre todo, si creemos nuestras propias mentiras. Sin duda alguna, esto nos hace menos libres y solo por el mero hecho de obviar algo que es muy simple: ser auténtico ya es un triunfo, aunque no recibamos miles de likes.

Deberíamos ser transparentes e íntegros, aun con nuestras propias imperfecciones, pues ser original implica ser auténtico y ser auténtico significa ser valioso. Seamos quienes seamos, podemos marcar la diferencia. Lo importante es saber quién somos de verdad y mostrarlo sin reticencias, porque, a la larga, es “mejor fallar en la originalidad, que triunfar en la imitación” (Herman Melville).

Corazones con patas

El humanista valenciano Juan Luis Vives, en su Tratado del Alma, lo expresó claramente: “el corazón es lo primero que vive en la estructura del animal y lo último que muere. En él tiene su comienzo y su término la vida”.

Quizás sea entonces por ello que cuando algo se hace desde el corazón significa que se hace de verdad, aunque no siempre sea fácil elegir este sendero, con sus precisos latidos.

Partimos de la base de que todos los corazones hablan un lenguaje común, un mismo idioma y además existe una verdad irrefutable: todos tenemos corazón y es imposible vivir sin él. Entonces, ¿por qué en incontables ocasiones nos negamos a hacer uso del mismo?

Alegamos vulnerabilidad, falta de esperanza e incluso la carga tan pesada que supone el guiarse continuamente por él, pero realmente, ¿cuánto pesa el corazón? El alma sabemos que 21 gramos y muchas veces nos duele (o al menos eso decimos), aunque si hacemos caso a Juan  Zorrilla de San Martín, “nada pesa tanto como el corazón cuando está cansado”. Y llegados a este punto, corremos un verdadero riesgo porque cuando el corazón se cansa, no siempre se debilita, como pudiera esperarse en un principio, sino que se endurece y pierde la capacidad de detectar la verdad de las cosas.

De ahí mi más sincera admiración hacia aquellas personas que, sin dejar de escuchar a su cabeza, permiten hablar constantemente al corazón. Sí, a esos “corazones con patas” que impulsan la vida bombeando cada mañana. Esas personas que se mantienen fieles a su órgano vital, aunque reciban muchos golpes en ese improvisado campo de batalla.

Sí, creo que se merecen el mayor de los respetos porque con su manera de ser y de actuar obtienen la perspectiva necesaria para no separarse de sus entrañas, buscando si fuese necesario la alianza de segundos corazones para ayudarles a llevar a veces tan insistentes cargas.

Ellos han optado por aguantar los embites de la tristeza y el desánimo (aun a riesgo de ser tachados de ingenuos) convencidos de que lo que hoy siente su corazón, mañana lo entenderá su cabeza. Y es precisamente en esta filosofía en la que radica su nobleza y la que les hace felices siguiendo una lógica bien sencilla: si es nuestra fuente de vida, ¿por qué no escucharlo?

En su experiencia  de vida nos enseñan que el corazón es nuestro mejor pasaporte para llegar incluso allí donde la voz es incapaz de hacerlo, ya que, en verdad, “así funciona el corazón. No es algo uniforme. Es como el curso de un río. Se adapta a la forma de las cosas”, Haruki Murakami.

Comfy-nada

Que esta pandemia ha modificado muchos de nuestros hábitos es una realidad palpable: limpieza, alimentación, ocio… Hemos cambiado de hábitos porque hemos cambiado nosotros, o mejor dicho, nos han cambiado. Ya no somos los mismos y perseguimos fines quizás más cercanos.

Por ejemplo, confort y estilo a la hora de vestirnos, o lo que es igual, hemos incorporado el estilo comfy en nuestras vidas, porque la comodidad, más que una cualidad, tiene ya tintes de necesidad. Hace poco leí que esta nueva relación con la moda cambia lo que queremos y esperamos de nuestra ropa, pero yo creo que va bastante más allá porque también ha cambiado aquello que queremos y esperamos de nosotros.

Y hablo en primera persona, ya que ese estilo comfy también ha alcanzado mis expectativas.  He abandonado el vértigo de mis stilettos abrazando la comodidad y seguridad de unos buenos tacones sensatos. Ya no busco estar a la altura de nada ni de nadie, y no es la comodidad la que elije por mí, soy yo quien elige la comodidad.

Puede que esa altura a la que aspiro resulte un problema para algunos, que me acusarán de buscar la comodidad de la ignorancia o de ceder ante la tiranía de la costumbre. De verdad, me da igual. Estar a la altura no debe ser una exigencia ni una losa constante sobre nosotros. No quiero alturas que me hagan caer a precipicios, sino aquellas que me permitan disfrutar de lo sencillo y ofrecer gratitud a aquellos que me ayudan a sentir bien.

Busco esa altura inmaterial que se encuentra en mi corazón y en mi mente, y que proporciona armonía a todo el conjunto que represento. La que me permita seguir viendo lo realmente importante de la vida, corrigiendo las incomodidades de mi realidad.

Sí, huyendo de rozaduras y heridas, me quedo con esta altura que me ha devuelto un tesoro que nunca debí perder, me refiero al primero de los bienes, aquel que como bien definió François de la Rochefoucauld, “después de la salud, es la paz interior”.

Decepción y costumbre

Seguramente todos hemos sufrido alguna decepción en la vida, aunque el cansancio y la derrota que se adivinan en algunos rostros se alimentan de algo más que de la excepcionalidad del desengaño.

Quizás tenga mucho que ver con la carrera que emprendemos en busca de aquello que creemos nos hará felices y que raramente alcanzamos. Grandes esperanzas y pasto perfecto para nutrir nuestra desilusión muchas más veces de las que pudiéramos desear. Porque tan malo es el decepcionar, como el sentirse decepcionado, aunque quizás ambas cosas estén inexorablemente unidas, ¿o acaso no es el miedo a causar decepciones lo que nos conduce con frecuencia hacia las mismas?

No sé qué resulta más deprimente en la decepción, si el dolor que causa cuando la recibimos o ese sentimiento que nos acompaña de por vida cuando los sueños se rompen. Deberían existir los cementerios de sueños, en los que poder depositar todo aquello que inutiliza el corazón. Sí, realmente este órgano vital sufre en la verdad, pero mucho más en el engaño, sobre todo cuando el fraude proviene de aquellos que alimentaban tantas esperanzas. Y digo esperanzas, porque el sentimiento de pérdida que genera la decepción procede realmente de algo que nunca tuvimos.

Hay quien intenta buscar el lado bueno de las mismas alegando que las decepciones son necesarias porque nos ayudan a conocer lo que realmente es importante y nos convierten en seres más fuertes. Llegados a este punto, yo me permito tener mis dudas y la única concesión que hago al respecto es admitir que, a menudo, la desilusión se convierte en costumbre. Y no es algo que me haga mucha gracia, la verdad, pues si la decepción se convierte en un hábito, puede que acabe formando parte de nuestro destino y la acabemos considerando como algo normal o imposible de cambiar.

Sucede que cuando los hábitos se convierten en costumbres acabamos por no darnos cuenta de sus efectos y caemos fácilmente en la trampa. Esto es peligroso. Es peligroso normalizar la decepción. Tenemos derecho a mucho más. Porque de la misma forma que no es positivo acostumbrarse a todo lo bueno que tenemos, para poder seguir apreciándolo como tal, tampoco lo es el instaurar la opacidad en nuestros corazones como una forma de tiranía.

Y sí, puede que la vida no sea más que un tejido de costumbres, pero me niego a creerlo o a reducir a ello nuestra existencia, a definirla de un modo tan simplista o perverso. Efectivamente, han leído bien, perverso, que la costumbre también tiene algo de esto, especialmente cuando no tolera comportamientos “extraños”. He aquí el devenir de una nueva decepción, aquella que nos provoca a menudo lo que no se ajusta a nuestros hábitos, como si no formase parte de nuestras vidas, desechándolo sin darle una sola oportunidad.

Por otra parte, aunque es cierto  que una buena costumbre es más fuerte que una ley, no lo es menos el que las malas son complicadas de abandonar, con lo que esto entraña: la comodidad que nos aportan algunas costumbres nos esclaviza y  pone en riesgo nuestro buen criterio para ver más allá de lo cotidiano.

Que la costumbre, al menos en el caso de las decepciones, no se convierta en un vicio que impida alejarnos de aquello que nos causa dolor. Que la rutina no se adueñe de nuestra voluntad, pues ya se sabe, “repetido y a la larga, lo más dulce amarga”.

Una última pregunta, ¿es quizás la decepción una manifestación de nuestra negativa a mirar hacia el lado positivo? Puede, y es innegable que en ocasiones resulta mucho más sencillo hacerlo (quizás también por costumbre) como lo es aplicar la regla de “en caso de decepción, romper la expectativa”.

Vale, la decepción es un dolor que emana siempre de una esperanza que se desvaneció, una derrota que nace siempre de una confianza traicionada por alguien o algo en lo que creíamos. Pero tampoco sería honesto empeñarnos en negar una verdad irrefutable: “la mayoría de las cosas decepcionan hasta que miras más profundamente”, Graham Greene.

Por señales o por razones…

Dicen que para quien sabe mirar, siempre hay señales. Yo no sé si siempre existen esas señales, pero la verdad es que es difícil imaginarse el día a día sin ellas, porque están ahí, nos buscan y nos encuentran.

Otra cosa muy diferente es aprender a hacerles caso, o ponerles a todas el mismo interés, bien sea por miedo o por descuido. Y lo cierto es que deberíamos tener una actitud más vigilante, pues la vida a veces nos ofrece señales asombrosas que captaríamos con tan solo cultivar un poquito más el arte de la atención. No es únicamente el hecho de evitar peligros, que también, sino más bien el estar alerta para encontrar o para que las cosas se vuelvan interesantes.

Estoy haciendo referencia a esas señales de alerta relajada, que posibilitan que se abran a nuestro alrededor multitud de posibilidades: aprender, ser creativos, ejercitar la memoria… A las que hacen que no desistamos de los sueños y que mantienen vivas nuestras expectativas. Son las que nos permiten prestar atención, pero también dejar de hacerlo, dejar de dar importancia a  todo aquello que nos esclaviza o nos hace menos libres.

Hablo de ser receptivos, menos lineales, e incluso, de aceptación, aunque esas señalen generen en un principio cierta desconfianza. ¿Quién sabe? Las encrucijadas de hoy pueden ser las oportunidades del mañana; quizás solo dependa de tener un espejo que nos ayude ser verdaderamente dueños de nuestras emociones, reconociéndolas previamente en los demás.

Además, y siendo prácticos, no podemos negar que también son una buena herramienta para saber por dónde nos movemos, “que siempre por señales o razones se suelen descubrir las intenciones”, Alonso de Ercilla.

Yo tenía mi refugio

“Estar alejados de los seres que queremos es de las cosas más tristes que hay en la vida. En la policía nos entrenaban para muchas cosas, pero no para soportar la soledad”, escribe Esteban Navarro Soriano, en su novela Diez días de julio. Y cuánta verdad se esconde en estas frases, sobre todo cuando esa distancia, cuando esa soledad no es buscada, sino que nos la imponen circunstancias tales como la muerte.

Yo tenía mi refugio en ti, tenía un lugar donde estar a salvo, un lugar hecho de AMOR con mayúsculas, sin geografía y sin límites. Porque con tu particular arquitectura emocional  diseñaste para mí un mundo que no conocía murallas u obstáculos que no se pudiesen saltar. Sí, un refugio con una ventana especial para mirar el destino, siempre lleno de esperanza.

Allí decía adiós a los miedos y podía volver siempre sin temor a ser cuestionada. Un lugar donde sacudirse el frío, la tristeza y la nostalgia. Un sitio donde poder soñar y en donde no era necesaria la ficción para huir de la, a veces, irresistible realidad.

Sí, yo tenía todo eso. Tenía tu amparo y con él siempre ganaba, como ganan siempre los que saben amar y enseñan a hacerlo, los que saben que nunca es tarde para ser feliz.

Pero ahora te has ido e inevitablemente una parte de mí se quedó en ese refugio. Y no puedo volver a él porque ya no estás, lo que hace de tu ausencia una doble distancia. No, no puedo volver si tú no estás: no es una cuestión de espacio, sino de tiempo, la que nos separa.

Últimamente muchos me dicen, “tienes que seguir adelante, tienes que ser valiente”, pero lo que no saben es que, como decía Esopo, solo “es fácil ser valiente desde una distancia segura”, y ello es casi imposible cuando ésta se mide en lágrimas.

No, no quiero pensar en tu muerte como en una traición de Dios, entre otras cosas, porque tú me mostraste que allí donde existe amor, también hay vida. Y todo ese amor que me brindaste hace que en el recuerdo siempre estés conmigo.

Quizás esa distancia segura sea la perspectiva, echándote de menos de la manera correcta y como te lo mereces, con AMOR y sin desperdiciar NADA de todo lo que me diste desde tu infinita generosidad y tu bondad, pues hoy más que nunca soy consciente que buscando continuamente el bien de los demás es como encontrabas el tuyo.

Dios no manda cosas imposibles

Que en la vida todos cargamos con alguna cruz es algo más que evidente, pero que tengamos que cargar con ella nosotros solos ya no lo es tanto. Como decía San Agustín, “Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas y te ayuda para que puedas”.

La verdad es que esta reflexión del santo me proporciona mucha tranquilidad y necesariamente hace que evoque la figura de Simón Cirineo, quien ayudó a Jesús a llevar la cruz en el camino del Calvario, si bien es cierto, todo hay que decirlo, que no lo hizo por voluntad propia. Pero obligado a ello o no, el saber que podemos contar con apoyo a la hora de sobrellevar algunas cargas proporciona un determinado grado de alivio, que es mucho mayor aún si además contamos con la confianza en esa ayuda. Y a pesar del esfuerzo que invirtamos en el intento de demostrar lo contrario, dependemos del favor de otros, de la misma manera que dependemos del hecho de ayudar a otras personas.

ayuda

Ahora bien, igual que no podemos cargar con todo, tampoco podemos ayudar o proteger a todos, ni de todo, por mucha voluntad y empeño que pongamos en ello. Primero, porque a veces insistimos en brindar una ayuda que nos negamos a nosotros mismos, y también porque en ese intento de ser útiles a los demás existe una delgada línea prohibida que corremos el riesgo de cruzar, proyectando nuestros deseos sin tener en cuenta nada más y llegando, en el peor de los casos, a anular la voluntad de quien recibe nuestra protección.

Por eso es importante comprender que la ayuda no solo implica el dar lo que tenemos o podemos, sino también el dar lo que realmente se necesita, en preguntarnos si de verdad con nuestro comportamiento estamos aportando algún beneficio para los demás. Hay experiencias que solo uno mismo puede y debe vivir, no vaya a ser que por ese exceso de celo, en lugar de ayudar como amigos, y aun sin ser conscientes, hagamos daño como enemigos.