Superstición y lenguaje: nunca se sabe…

“Pero quiero que sepan que entre mis defectos se cuenta el de ser un hombre supersticioso. Es ridículo, lo sé, pero no puedo evitarlo”.  Mucho me hizo pensar esta frase cuando leí “El Padrino”, de Mario Puzo. Recuerdo también que en algún momento dije ¿y quién puede hacerlo? Hoy, bastantes años después, reconozco que sigue siendo una cuestión recurrente en mi vida y sobre la que no tengo ninguna exclusividad. Porque independientemente del grado de credibilidad que le otorguemos a las supersticiones populares (vestirse de amarillo, tocar madera, cruzar los dedos…) lo cierto es que, además, cada uno tiene sus propias supersticiones particulares. Y las razones en base a las que las alimentamos van desde la ignorancia, señalada por muchos, hasta el miedo y la estupidez aventurados solo por algunos valientes.

Nunca se sabe… es verdad, pero tampoco nunca se sabe de qué peor suerte nos ha salvado nuestra mala suerte.

Quizás todo se podría reducir a una simple pregunta ¿es predecible la suerte? Pues depende, y más aún si a esa suerte la adjetivamos: ¿la buena o la mala? Si hablamos de la buena, honrado sería apuntar que mucho también tiene ésta que ver con la búsqueda de oportunidades y con el entusiasmo. En la mala, por el contrario, hay un arraigo de culpa y de falta de libertad que de alguna forma justifican creencias, sin fundamento ni lógica.

SUERTE

Y si de lógica hablamos, la misma ciencia debería haber acabado con la superstición, aunque es imposible erradicar aquello que de una forma u otra nos fascina y se hace imprescindible en nuestra existencia (para bien o para mal): la necesidad de que la vida nos desvele gradualmente sus secretos.

De sobra sabemos todos que para cambiar de suerte debemos cambiar primero de pensamientos; no obstante, aquí no vale eso de ‘una cosa es decirlo…’, porque precisamente en el lenguaje tendríamos un gran aliado para modificar nuestra realidad: cambiar afirmaciones para transformar creencias. Y es verdad, os  doy mi palabra.

Pero… (y los peros llevan implícito un cierto temor), si como escribió Juan Luis Vives, “no hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras”, no se hable más: cuidemos el verbo, porque si lo rompemos puede que tengamos más de siete años de mala suerte.

Una cuesta sin atajos

Llegó enero y su temida cuesta, en la que no solo se amontonan los gastos, sino que existen también otras secuelas derivadas de los excesos navideños y que son más de índole anímico o emocional. Ya sea por agotamiento o desánimo, la vuelta a la rutina puede hacerse muy cuesta arriba y convendría no perder de vista la longitud de esta pendiente.

En un triángulo rectángulo, la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Este es el célebre Teorema de Pitágoras que a todos nos enseñaron en la escuela y que de una forma u otra está muy presente en nuestras vidas a la hora de calcular la inclinación de las pendientes. Pues hay centímetros en la vida que son muy importantes y cuando el camino tira hacia arriba, más aún. Cuando la carrera incluye cuestas la cabeza es la que da las órdenes, encontrándonos con dos tipos de corredores: aquellos que intentan seguir corriendo a toda costa, pero también los que se deciden por caminar y salvar energías en detrimento de la velocidad.

SIN PRISA

Ya lo dijo William Shakespeare, “si se quiere ascender por cuestas empinadas, es necesario al principio andar despacio”. Y puede que no le falte razón. Está bien eso de comenzar el año con ilusión y con energía, pero el bajar el ritmo tampoco implica necesariamente dejar de llegar a todo, solo llegar un poco más tarde o en mejores condiciones. Además, no es necesario hacerlo todo, ni hacerlo de golpe. Sería ir en contra de nuestra propia sostenibilidad.

Ansiedad, impaciencia, pérdida del control…son pésimos atajos para llegar a la cumbre y si los tomamos seamos conscientes del duro peaje que pagaremos al hacerlo. Peajes que tienen mucho que ver con la libertad y con la felicidad.

Vivir lento, vivir slow. Ante la cima, desacelerar no tiene por qué ser malo, todo lo contrario: es dejar de encontrar excusas para bajar hallando razones para subir. Quizás incluso evitar equivocarse, evitar errar el camino. La razón obra con lentitud (la pasión en un instante) y sortea el que vayamos hacia ninguna parte.

Sin prisa y sin precipitación, sin pisarnos los talones. Que la prisa es una trampa del tiempo, y de eso…, de eso andamos más bien escasos.

De propósitos y enmiendas…

Aunque para los cristianos el propósito de la enmienda pueda ser una firme resolución de no volver a pecar, éste no deja de ser compatible con la previsión o certeza de que en el futuro se volverá a cometer el pecado por el que uno se ha arrepentido.

¿Quiere entonces decir esto que el propósito no fue sincero? En absoluto, ya que el temor de volver a caer (o la misma realidad de hacerlo) no anula la voluntad de no querer volver a pecar, no va en contra de la autenticidad del propósito.

Los propósitos no son fáciles, aunque a estas alturas del año su planteamiento lo parezca (que levante la mano quien no haya comenzado ya su lista), pero es mucho más difícil vivir sin ellos: “una persona sin propósito es como un barco sin timón” – Thomas Carlyle.

METAS

Los objetivos son necesarios, quizás no tanto para mantenernos vivos, pero sin duda alguna, esenciales para motivarnos. Y mucho se ha escrito acerca de cómo debieran ser: realistas, alcanzables, específicos…pero a menudo olvidamos algo esencial en su consecución: que  nos hagan felices.

Huyamos de las meras aspiraciones o intenciones que expresan falsas necesidades y vayamos en busca de propósitos auténticos, que nos hagan felices aunque no lleguemos a alcanzarlos, ya que bien pensado, las metas no siempre están hechas para lograrlas, sino que son solo señales para saber a dónde dirigirnos.

Estéis o no de acuerdo, de cara al próximo año y a todos los venideros, me lleno de propósitos que puedan hacerme feliz, porque en definitiva son los que me permitirán pensar que soy capaz de llegar allí donde me proponga.

¿Es la Navidad una necesidad?

Sí, la Navidad ha vuelto y está en todas partes, en la tele, en la calle, en el trabajo, en casa… y se manifiesta a través de múltiples y variopintos mensajes: desde la superficialidad y el consumismo, hasta el realismo y la espiritualidad, sin olvidar aquellos que nos hablan de reconciliación, optimismo, celebración, paz o libertad.

Y también de amor, pero claro, afirmar que la Navidad es sinónimo de amor supondría a priori correr el riesgo de reducir este sentimiento a algo muy efímero, obviando que lo que es perecedero no es el amor, sino el tiempo que tenemos para amar.

Parece que no nos ponemos del todo de acuerdo en la forma de celebración de estas fiestas, entre otras cosas, porque cada vez se hace más patente que no se tiene por qué seguir un patrón preestablecido para ello. Y en todo caso, de seguir alguno, únicamente debiera ser el del sentido común (aunque éste, ya se sabe, no sea el más común de los sentidos).

NAVIDAD CONCIENCIA

Y si de sentido común hablamos, mucho tiene lo que hace ya un par de años nos recordó el Papa Francisco, hablando precisamente de la Navidad: debemos estar atentos, porque “la persona que está atenta es la que, en el ruido del mundo, no se deja llevar por la distracción o la superficialidad, sino que vive de modo pleno y consciente, con una preocupación dirigida en primer lugar a los demás”.

Efectivamente, en un mundo en que tan de moda se ha puesto la palabra “humanización”, deberíamos estar muy atentos. Fieles a nosotros mismos y a las elecciones personales, sí; alineados con nuestros deseos y tradiciones, también; pero sin abandonar nuestros valores, sin olvidar  dirigir la mirada hacia las necesidades “del otro”, sin obviar ese respeto a sus capacidades y cualidades humanas. Es necesario encontrar un terreno común: ya no se trata solo de dejar de construir muros y tender más puentes. Hay que dar un paso más, porque si los puentes son para todos, también debiera serlo el privilegio de elegir el lado del mismo en el que nos encontramos.

Vista desde esta perspectiva y respondiendo a la pregunta inicial: afirmativo, la Navidad es una necesidad, porque necesarios son siempre esos días que nos invitan a la reflexión y al discernimiento, pero no es menos verdad que “una buena conciencia es una continua Navidad” (Benjamín Franklin).

Disimula que viene…

Disimula que viene… ¿cuántas veces habremos dicho u oído esta frase?

Nos pasamos la vida disimulando, lo queramos reconocer o no: ojeras, pecas, acné…, y no solo posibles mal o bien considerados defectos, sino también errores, emociones o sentimientos, llegando en nuestra estrategia disimulatoria incluso hasta convencernos de sentir lo exactamente opuesto a lo que de verdad sentimos: “la gente enseña para disimular su ignorancia, lo mismo que sonríe para ocultar sus lágrimas” (Oscar Wilde).

Algunos hasta se han convertido en verdaderos ninja y hacen del disimulo una norma esencial en la ejecución de sus vidas. Como dice el refrán, “lo que no puedas vengar, disimular y esperar”.

Bien, que lo hacemos está claro; el motivo quizás no tanto. En primer lugar, porque a veces más que disimular estamos simulando, y no es lo mismo aunque su fin sí lo sea: engañar. La simulación se fundamenta en lo que no existe, mientras que la disimulación lo hace en cosas reales. Disimulamos lo que realmente existe, lo que sabemos.

DISIMULAMOS

A veces simulamos ser lo que no somos sin pensar que si realmente nuestra existencia nos importa, ésta debería revelar quiénes somos verdaderamente. Si nacemos originales, por qué ese empeño en convertirnos en copias, por qué esa lucha constante entre lo que somos y lo que queremos que los demás crean que somos. Además, y bien pensado, puede que cuanto más disimulemos, más mostremos la personalidad que ocultamos. ¿No dicen que nuestros actos nos definen?

Efectivamente, el arte del disimulo resulta más elegante que la propia simulación y quizás un poco más alejado de la mentira, al ser tal vez solamente una forma de dar descanso a lo verdadero. En cualquier caso, en todo este vaivén de ocultamientos y engaños, probablemente estemos olvidando algo que sí es evidente: a menudo, la mejor forma de esconderse es mostrarse.

Y tú, ¿simulas o disimulas?

Ceguera o el color que nunca muere

Hay etapas de nuestras vidas que nos disgustan (minutos, días, años), todos hemos vivido alguna, por pequeño que haya sido el trayecto y todos en mayor o menor medida nos hemos convertido en sordos o ciegos en un mundo virtual, diseñado exclusivamente para ocultar una realidad que nos molesta, que se aleja de nuestras expectativas y sueños.

De alguna manera estaríamos hablando de una ceguera emocional: a veces, la realidad implica dolor y para huir de ese dolor la mente abandona la realidad. ¿Alexitimia? Quizás esta ceguera emocional no llegue al grado de la alexitimia descrita por P. Sineos, en 1972, para referirse a un trastorno que imposibilita a la persona detectar sus propias emociones y por lo tanto darle un nombre a la hora de expresarlas verbalmente. Pero lo cierto es que negando la realidad como a veces lo hacemos, corremos el riesgo de no percibir o expresar muchos matices de los sentimientos que acompañan nuestras vidas, o incluso de hacernos pasar por seres crueles o egoístas.

Por otra parte, vivir en un castillo hecho de naipes, ajenos a los vientos de realidad que soplan a nuestro alrededor, puede hacer también que la fortaleza que en un principio parecía inexpugnable, acabe desmoronándose por el asedio constante de frustraciones, decepciones y desengaños.

ESPERANZA

Sí, a veces es más fácil negar que aceptar, aunque mientras lo hacemos la vida está brotando en otras partes y nos la estamos perdiendo. Los sueños son solo reales en tanto duran, pero es que la vida también. Y tan peligroso es negarse a ver la realidad como creer que solo existe una y esa una es la nuestra. Como escribió José Saramago en su novela El hombre duplicado, “una de las formas secundarias de la ceguera de espíritu es precisamente la estupidez”.

Tan importante es la marca personal como aprender a entender a los demás practicando la empatía, pues lo que nos convierte de verdad en seres únicos no es solo el cómo nos perciben los demás, sino también nuestra capacidad de relacionarnos con otras personas, con vínculos de valor y necesidad mutua.

Hay muchas formas de percibir los sentimientos ajenos y la esencia de los seres humanos, y el color es una de ellas. Para un ciego el color no significa nada, para los demás…ESPERANZA. “Porque la ceguera también es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza”. José Saramago

Lo malo no se extraña o no debiera extrañarse

¿Por qué será que siempre llueve cuando extrañas a alguien? Quizás sea porque, como dicen, la lluvia es el llanto del cielo y ayuda a lavar la memoria. Quizás. De ahí que en realidad no resulte tan paradójico representar las gotas de lluvia con forma de lágrima.

Ritmos circadianos, relojes internos, escasez de luz, no lo sé, pero es cierto que a mí (y creo que no soy la única), la lluvia me pone triste y hace que afloren los fantasmas de la nostalgia, la apatía o la tristeza: ¿seremos meteorosensibles?

La verdad es que las lágrimas emocionales son todo un misterio, tanto en su origen como en su función y no parece existir ninguna razón científica que explique el vínculo entre el llanto y los sentimientos de tristeza. Además, extrañar no debería ser algo negativo aunque a veces nos genere dolor, porque si lo pensamos bien, ¿se puede extrañar lo que no se recuerda? ¿Se puede extrañar lo que no se conoce?

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Extrañamos solo a las personas que han sido importantes para nosotros; al resto las olvidamos (lo malo no se extraña o no debiera extrañarse). Extrañamos a quienes queremos, a quienes se hicieron un hueco en nuestro corazón muy difícil de llenar, a quienes cambiaron nuestras rutinas y nuestra mirada.

No es dependencia, no es apego y tampoco necesidad, es simplemente otra forma de estar, allí donde más nos añoran.

No, extrañar no tiene por qué ser malo y quien diga que el sol trae felicidad, es que nunca ha bailado bajo la lluvia. Pero ojo, a la hora de extrañar no todo vale, y menos idealizar. Y llegados a este punto, mejor no correr riesgos y hacerse siempre la pregunta: cuando llueve, qué preferimos compartir, paraguas o lluvia???