Que esta pandemia ha modificado muchos de nuestros hábitos es una realidad palpable: limpieza, alimentación, ocio… Hemos cambiado de hábitos porque hemos cambiado nosotros, o mejor dicho, nos han cambiado. Ya no somos los mismos y perseguimos fines quizás más cercanos.
Por ejemplo, confort y estilo a la hora de vestirnos, o lo que es igual, hemos incorporado el estilo comfy en nuestras vidas, porque la comodidad, más que una cualidad, tiene ya tintes de necesidad. Hace poco leí que esta nueva relación con la moda cambia lo que queremos y esperamos de nuestra ropa, pero yo creo que va bastante más allá porque también ha cambiado aquello que queremos y esperamos de nosotros.
Y hablo en primera persona, ya que ese estilo comfy también ha alcanzado mis expectativas. He abandonado el vértigo de mis stilettos abrazando la comodidad y seguridad de unos buenos tacones sensatos. Ya no busco estar a la altura de nada ni de nadie, y no es la comodidad la que elije por mí, soy yo quien elige la comodidad.

Puede que esa altura a la que aspiro resulte un problema para algunos, que me acusarán de buscar la comodidad de la ignorancia o de ceder ante la tiranía de la costumbre. De verdad, me da igual. Estar a la altura no debe ser una exigencia ni una losa constante sobre nosotros. No quiero alturas que me hagan caer a precipicios, sino aquellas que me permitan disfrutar de lo sencillo y ofrecer gratitud a aquellos que me ayudan a sentir bien.
Busco esa altura inmaterial que se encuentra en mi corazón y en mi mente, y que proporciona armonía a todo el conjunto que represento. La que me permita seguir viendo lo realmente importante de la vida, corrigiendo las incomodidades de mi realidad.
Sí, huyendo de rozaduras y heridas, me quedo con esta altura que me ha devuelto un tesoro que nunca debí perder, me refiero al primero de los bienes, aquel que como bien definió François de la Rochefoucauld, “después de la salud, es la paz interior”.