Es verdad, te puede gustar más o menos el flamenco (para gustos los colores), pero seguro que si alguna vez has escuchado a Lola Flores, no te ha dejado indiferente. Ahora nos dicen que fue el acento lo que la hizo única, lo que posibilitó que se la entendiese en todo el mundo. En efecto, más allá de su forma de hablar (que también) fue su forma de ser, su originalidad, la que hizo que esta persona rompiese todas las barreras y estereotipos.
Bien, aunque a simple vista no parece complicado eso de ser auténtico, de abrazar lo que somos realmente, la verdad es que a la hora de ponerlo en práctica el camino no es fácil porque, aunque el acento sea la verdad, para ser auténticos se necesita, de base, que cabeza y corazón estén alineados, y no por casualidad, sino día a día. Y eso hay que trabajarlo mucho.

Además, esa autenticidad, ese ser nosotros mismos y no quien otros creen que debemos ser, lleva implícita una cierta forma de rebelión, de atrevimiento, una manera diferente de ver las cosas que puede llegar a asustar. Implica asumir la responsabilidad necesaria para ser y la libertad de disfrutar de ser quien se es. ¡Ahí es nada!
Y por supuesto, entraña elecciones, significa “decir no” a menudo; pero esa honestidad, a la larga, recibe premio en forma de respeto. Porque ser distinto no es malo, y te permite asimismo sentir más la vida, al comprender que los detalles importan, ya que marcan la diferencia.
Cuando abrazas tu autenticidad, cuando esta no te incomoda, sino que te sientes en armonía con ella, puedes compartir tus alegrías y penas con los demás sin correr el riesgo de que tu individualidad quede anulada.
De verdad, piénsalo, y no creas que trato de persuadirte cuando te digo que realmente “es el acento el que convence y no la palabra.” ― Macedonio Fernández.








