Lo malo no se extraña o no debiera extrañarse

¿Por qué será que siempre llueve cuando extrañas a alguien? Quizás sea porque, como dicen, la lluvia es el llanto del cielo y ayuda a lavar la memoria. Quizás. De ahí que en realidad no resulte tan paradójico representar las gotas de lluvia con forma de lágrima.

Ritmos circadianos, relojes internos, escasez de luz, no lo sé, pero es cierto que a mí (y creo que no soy la única), la lluvia me pone triste y hace que afloren los fantasmas de la nostalgia, la apatía o la tristeza: ¿seremos meteorosensibles?

La verdad es que las lágrimas emocionales son todo un misterio, tanto en su origen como en su función y no parece existir ninguna razón científica que explique el vínculo entre el llanto y los sentimientos de tristeza. Además, extrañar no debería ser algo negativo aunque a veces nos genere dolor, porque si lo pensamos bien, ¿se puede extrañar lo que no se recuerda? ¿Se puede extrañar lo que no se conoce?

PARAGUAS O LLUVIA.JPG

Extrañamos solo a las personas que han sido importantes para nosotros; al resto las olvidamos (lo malo no se extraña o no debiera extrañarse). Extrañamos a quienes queremos, a quienes se hicieron un hueco en nuestro corazón muy difícil de llenar, a quienes cambiaron nuestras rutinas y nuestra mirada.

No es dependencia, no es apego y tampoco necesidad, es simplemente otra forma de estar, allí donde más nos añoran.

No, extrañar no tiene por qué ser malo y quien diga que el sol trae felicidad, es que nunca ha bailado bajo la lluvia. Pero ojo, a la hora de extrañar no todo vale, y menos idealizar. Y llegados a este punto, mejor no correr riesgos y hacerse siempre la pregunta: cuando llueve, qué preferimos compartir, paraguas o lluvia???

Porque existen estrellas…

Me gusta mirar las estrellas. El solo hecho de hacerlo me aporta perspectiva y hace que vea las cosas de una forma más positiva. Es curioso cómo esos motores de energía cósmica logran que me sienta pequeña y grande a la vez. No, no es ninguna contradicción: cuando las observo me veo pequeña en tamaño, pero enorme en voluntad.

Al cerrar los ojos pienso que podría tocarlas si quisiera, que puedo volar alto, perseguir mis sueños y alcanzarlos. Y cuando las cosas no van demasiado bien (en momentos especialmente oscuros y sombríos) si vuelvo la vista hacia ellas, un halo de esperanza acude rápidamente en mi auxilio recordándome cómo las estrellas fugaces son la demostración de que también existe algo hermoso cuando se cae.

Sinceramente creo que todo esto no tiene nada de especial, pues las estrellas han sido objeto de fascinación desde el inicio de la civilización humana y todos hemos levantado alguna vez la vista hacia el firmamento planteándonos diferentes e intensas emociones, a la par que profundas incógnitas. Donde radique probablemente lo importante sea en el hecho de descubrir la trascendencia del gesto de alzar los ojos hacia estos astros, un gesto simple quizás, pero no tan involuntario como pudiera parecer.

ESTRELLAS FUGACES

Es fundamental darnos cuenta que es la oscuridad quien nos muestra las estrellas, y que éstas no dejan de brillar porque nadie las mire. Que no son tan inaccesibles y que lo más seguro es que se acercarían a nosotros si tan solo las llamáramos por su nombre.

Que su brillo es un factor de la cantidad de energía que despiden, pero también de la distancia a la que se encuentran de la Tierra, y que están mucho más lejos de donde están ahora para aquellos que no tienen sueños, o ninguna intención de conseguirlos.

Porque existen estrellas podemos estar seguros que siempre habrá algún punto brillante en nuestras vidas y que si nuestro anhelo es suficientemente grande, algún día llegaremos a ellas. Y aunque sea demasiado poético decir que las estrellas subieron al cielo para iluminar al mundo (o no del todo cierto), la verdad es que necesitamos su luz para continuar navegando.

Por eso, mientras esperamos la noche para poder seguir contemplándolas no olvidemos que las  posibilidades siempre podrán ser tan infinitas como lo son ellas, pero siempre si miramos hacia arriba, que “construye demasiado bajo quien construye bajo las estrellas”. Edward Young

Dulzura, esa fuerza invencible…

San Francisco de Sales, cuya onomástica se celebra el 24 de enero, es el patrón de la amabilidad (también de escritores y periodistas), y parece que su dulzura era tan verdadera que el propio Papa Pío XI manifestó “que llegó a ser un vivo retrato del Dios de la paz y la dulzura.”

Una de las acepciones de la palabra dulzura es la de afabilidad, bondad, docilidad, y cabe preguntarse entonces si esta cualidad bien podría ser un don de las personas. Pues bien, al hilo de lo anterior, el mismo Pío XI añadió igualmente en su encíclica Rerum Omnium Perturbationem, que la dulzura de este santo no era un don: “se engañaría quien creyera que su dulzura era privilegio de su naturaleza”.

Parece que un don no es, pero una virtud puede, una de las llamadas pequeñas virtudes que contribuyen a que nuestra convivencia sea más amable, con un trato más delicado hacia los demás: la delicadeza del lenguaje de los pequeños detalles. Pero, por desgracia, muchas personas no le dan (o damos) demasiado valor a los pequeños gestos, a veces incluso ni siquiera los saben apreciar, no solo en los demás, tampoco en su vida privada. Como señalaba el poeta británico John Keats, “es como la vida misma. Nos gustan las cosas dulces, pero necesitamos las amargas.”

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Ansiedad, miedo, estrés, violencia…miles de sentimientos son los que hacen que cada vez sea más difícil considerar la dulzura como un valor social, primando la agresividad, la hostilidad a la que tenemos que hacer frente casi a diario en multitud de situaciones, desde hacer una cola en el supermercado, o a la hora de coger el transporte público, o compartir una sala de espera. Si a ello le sumamos que también muchos perciben un componente de debilidad, y hasta de afeminamiento en un comportamiento dulce, comprenderemos entonces que cada vez escasee más esta cualidad del carácter, ese síntoma de generosidad emocional que define a quien sabe ponerse en el lugar del otro.

Y es una pena, porque ser amable con los demás tiene que ver mucho con el respeto, con aminorar el ego, y aunque a algunos les parezca una locura, si lo pensamos bien no sería tan descabellado incluirlo como norma de conducta. Sería algo así como una demostración de ser conscientes de la atención que merecen todas las personas (haciéndolo extensivo, por qué no, también a animales y cosas). Hablar o sonreír con dulzura no debería hacerse tan difícil si pensásemos por un momento en lo imprescindible que nos resulta en ocasiones también a cada uno de nosotros: sí, en esos instantes de soledad, de dolor, de sufrimiento, en los que tan necesarios se hacen gestos de ternura y comprensión que nos aporten paz y reconforten.

Son rasgos que nos humanizan, que infunden consideración y confianza; que ponen en valor quiénes somos y lo que merecemos, en definitiva, rasgos de los que la dignidad de la persona se hace absolutamente merecedora.

Dejemos pues que algo de dulzura se instale en nosotros, en público y a puerta cerrada, y probablemente no nos arrepentiremos, que “la dulzura en el hablar, en el obrar y en reprender, lo gana todo y a todos”, Don Bosco.

El verdadero arte de encender el fuego

El fuego, (el más terrible de los elementos como algunos señalan) nos acompaña a lo largo de toda nuestra existencia, incluso más allá si tenemos en cuenta el misterioso fenómeno de los ‘ignis fatuus’ o fuegos fatuos, esas misteriosas luces o llamas de color verde o blanco que se pueden observar en ciertos lugares como los cementerios, al atardecer o al amanecer, y que según los científicos son debidos a reacciones químicas de ciertos compuestos en descomposición (aunque existen numerosas teorías y leyendas entorno a este fenómeno que apelan incluso a espíritus, como en la cultura popular gaélica y eslava).

Es cierto que eventualmente todos los fuegos se apagan, como la vida misma, su mayor enemigo, que también necesita del oxígeno para no extinguirse. Pero unos sustituirán a otros, ya que cada una de nuestras nuevas acciones y decisiones alimentará y expandirá un nuevo fuego, y la diferencia entre tener una buena o una mala vida será, como ya señaló Carl Jung, lo bien que sepamos caminar a través de estos fuegos. Lo bien que sepamos guardar el equilibrio a la hora de hacerlo, ya se sabe: corazón y cabeza, ese binomio cuya salud debemos cuidar y que implica necesariamente entender las diferentes problemáticas que se presentan en cada momento de la vida.

FUEGO

El fuego en el corazón manda humo a la cabeza y habrá muchos momentos en los que decidir con el corazón resulte lo más correcto del mundo. Pero en otros no tanto, y aunque nos empeñemos en hacerlo, sería como pretender apagar con fuego un incendio, o reparar con agua una inundación: imposible y hasta peligroso. Porque aunque parezca lo contrario, decidir con el corazón implica un aprendizaje, y no como muchas veces creemos, precipitación. Está muy relacionado con el autoconocimiento, la autoestima. Entraña conocerse bien, saber muy bien qué se quiere y qué no. Tener plena confianza en nuestro instinto. Y esto requiere tiempo, experiencia, práctica. Si no gozamos de esa experiencia, mejor hacer caso del cerebro. No es que decidir con el corazón nos haga infelices, lo que de verdad nos hace infelices es no dedicar el tiempo suficiente a esta tarea. A aprender de los múltiples estímulos que este órgano nos envía para que, llegado el momento, no tengamos miedo a escuchar la voz de la intuición. “El fuego ama a quienes no le tienen miedo”. -Jean-Marie Gustave Le Clézio.

Aprendamos a jugar con fuego sin quemarnos, a encender sueños que ardan en nosotros, que se mantengan vivos porque su fuego tiene algo que quemar. Aprendamos incluso a comunicar ese fuego, como forma de evitar que se apague. Y aquí es donde inevitablemente debemos recurrir al amor.

 Casi con toda probabilidad, encender un buen fuego sea quizás el descubrimiento más importante que se haya producido a lo largo de la historia, y aunque todos sabemos que se necesitan tres elementos para hacerlo (oxígeno, combustible y algo que haga ignición), muchos desconocen el verdadero arte de encender el fuego en todas las cosas, que no es otro que el amor. Sí, el AMOR con mayúsculas. El que nos conecta con el mundo y es capaz de incendiarlo. El amor en todas y cada una de sus manifestaciones. El que ofrece respuestas a las preguntas más necesarias, el que ayuda a descubrir quiénes somos y el único capaz de derretir la obstinación de hierro de algunas voluntades.

Y aprendamos también a mostrarlo. Porque fuego y hielo son incompatibles. Porque el amor como el fuego, no puede ni debe ser encubierto. Son símbolos naturales de la vida y la pasión, y no hay que esconderlos ni dejarlos apagar, sino avivarlos.

Y para aquellos que aún tienen dudas, aquellos que apenas han sentido las llamas cuando otros ya han visto el humo, solo decirles que no se resistan, que no lo cuestionen más, que ‘cuando el agua empieza a hervir, es de tontos apagar el fuego’, y esto lo dijo un visionario, Nelson Mandela, un hombre admirable que nos dejó un verdadero ejemplo de vida, su infinito amor al prójimo.

Enfado, ¿síntoma o enfermedad?

Estoy enfadada, muy enfadada y lo sé porque creo que me duele hasta el alma. No voy a contaros las causas de mi enfado (que las hay, o al menos eso creo) y debo medir bien sus consecuencias, porque no quiero que aumente, aunque sea muy difícil no alimentar el hábito.

El enfado es una emoción más (una de las emociones descritas por el psicólogo estadounidense Paul Ekman como básicas) y las emociones forman parte de nuestra vida, guían nuestras acciones, avisándonos, permitiendo que nos adaptemos mejor a nuestra existencia. Hay quien se atreve incluso a decir que es la más seductora, y estemos de acuerdo o no, lo que a lo largo del tiempo y de diferentes estudios ha quedado claro es que expresar el enfado resulta mucho más sano que reprimirlo (arritmias, daños hepáticos, dolores musculares, dermatitis, gastritis… son algunas de las secuelas de no manifestarlo y que tienen que ver con nuestra salud, bien preciado donde los haya).

Todos nos hemos enfadado alguna vez, si bien es cierto que no todos estamos igual de predispuestos a hacerlo, o en el mismo grado. A priori, parece que enfadarse no es en sí mismo algo malo, lo que sí puede terminar siéndolo es tener un umbral muy bajo a la hora de hacerlo, enfadándonos por cualquier cosa sin importancia; o enfadarnos por algo realmente importante y convertir esa energía euforizante en agresividad, o prolongarla excesivamente. Vemos entonces que enfadarse no es tan sencillo como parece, o al menos, el hacerlo correctamente. Se requiere una cierta maestría emocional, como dijo Aristóteles: “cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.

ENFADO

Reprimir el malestar no es una buena opción, pero debemos aprender a gestionar esta emoción que nos está alertando sobre algo que no está alineado con nosotros y con lo que no estamos en absoluto de acuerdo. Debemos aprender a reajustar nuestros límites, a entrenarnos para lograr identificar el motivo que lo origina (intentar no enfadarnos sin saber por qué, conocer las causas para evitar posibles consecuencias) y establecer fronteras temporales para que desaparezca una vez que haya cumplido su función.

Pero claro, cada persona es un mundo y eso conduce a que las causas o motivos que nos producen enojo varíen mucho para cada uno de nosotros, poniéndonos solo de acuerdo en que ‘hay dos cosas por las que una persona nunca debe enfadarse; por lo que puede solucionar y por lo que no puede’.-Platón.

Bromas aparte, está claro que no decidimos muchas cosas que sentimos, aunque desde bien pequeños nos hablan de autocontrol, de intentar evitar perder el control sobre nuestras emociones: resiliencia. Pero, cuidado, autocontrol sí, pero sinceridad también. Porque lo de disimular y aparentar normalidad puede llegar a hacernos más vulnerables y detrás del enfado se esconde a menudo una tristeza profunda que no hemos podido expresar y que ahora pugna por un cambio, una salida. ‘Quien te altera te controla’, es cierto, pero no es menos cierto que sentir el enfado no es perder el control, ni ello nos hace más débiles. La clave una vez más está en saber administrarlo, porque si lo sentimos es que existe una razón, una amenaza concreta que debemos resolver.

Y lo verdaderamente difícil viene ahora: existe enfado, existe dolor, pero también existe la fundada o infundada creencia de que también existe la posibilidad de deshacer el daño causado por el acto (normalmente de maldad, pero esto ya es muy subjetivo) que nos ha provocado tal dolor. ¿O no ocurre esto cuando el objeto de nuestros enfados son las injusticias? Nos sentimos no solo con la necesidad de enfadarnos ante las mismas, sino también con el derecho a hacerlo. Y, desgraciadamente, en un mundo como el actual donde éstas afloran cada día y en cualquier parte del planeta (algunos dirán, no sin razón, que aquí la balanza también está bastante desequilibrada) corremos el riesgo de vivir siempre enfadados, abocados a una eterna infelicidad.

No lo sé, quizás el secreto radique en utilizar esta herramienta como impulso y no como freno, adaptándonos a estas situaciones, pero entendiendo que más allá de una señal social, desde el punto de vista individual, la indignación y el enfado deben motivarnos para avanzar en la vida, convirtiéndonos en seres más fuertes, no más pequeños, alcanzando metas sin que ello implique ir sembrando semillas de futuros sufrimientos.

Y por supuesto, a veces erraremos el camino y abandonaremos en el proceso batallas que no merecen la pena ser libradas, fuegos que es mejor no alimentar, porque a veces, si no frenamos nuestro enojo, éste puede llegar a resultar más doloroso que la lesión que lo provoca. Pero, aun cuando para muchos esté mal visto, que siga siendo una posibilidad, eso sí, sin confundir el síntoma con la enfermedad, que una cosa es enfadarse y otra muy distinta lo que somos capaces de hacer cuando estamos enfadados. Que a veces “lo que empieza en enojo termina en vergüenza”.-Benjamín Franklin.

Vacaciones: una asignatura pendiente

¿Son las vacaciones la eterna asignatura pendiente? Puede que en principio la pregunta parezca una broma, pero si tenemos en cuenta que hay estudios que acreditan que quienes no disfrutan de vacaciones son más propensos a morir de un ataque al corazón que los que sí lo hacen, (o más concretamente, los que evidencian que las mujeres con vacaciones menos de una vez cada dos años tienen mayor probabilidad de sufrir una depresión), entonces parece que la cosa cambia y puede que nos encontremos ante un tema que haya que abordar con la seriedad e importancia que requiere.

Sí, las vacaciones deberían ser materia suficiente para una asignatura obligatoria, y no una formación cualquiera, sino una en la que se permitiese llegar al fondo de cada persona, identificando problemáticas, buscando alternativas para que este periodo de ocio fuese algo diferente, más allá de un mero espacio en el que depositar las heridas del año, de toda la vida, entre otras cosas, porque por su carácter temporal no es tiempo suficiente para sanar tamaño desaguisado.

Y es que lo que no puede ser, de ninguna de las maneras, es que invirtamos más tiempo planeando unas vacaciones que planeando nuestra vida. Si esto sucede es que algo estamos haciendo mal.

El punto de partida no puede ser otro que el admitir que descansar es fundamental, estamos todos de acuerdo, pero tan importante es descansar como saber hacerlo (hacerlo bien) y la experiencia nos dice que, lamentablemente, el simple hecho de tener vacaciones no es de por sí un elemento reparador: a veces es difícil frenar los pensamientos llenos de preocupaciones que asoman por nuestra mente, entre otras cosas, porque nadie nos ha enseñado a vacacionar.

VACACIONES

Y aquí surge la primera de las preguntas: ¿descansar es sinónimo de disfrutar? En principio, estar de vacaciones implica una actitud interior que significa descanso, relajación, nuevos horizontes y disposición a ser feliz, disfrutando del momento con total ilusión. En principio, claro, porque uno de los problemas que necesitaríamos aprender a resolver es la forma en la que aprovechamos el tiempo de descanso. ¿De verdad somos capaces de desconectar? Si las vacaciones fuesen también “vacaciones tecnológicas”, puede, pero “incluso cuando te tomas un descanso de la tecnología, la tecnología no se toma un descanso de ti” (Douglas Coupland).

Parece que hoy en día todo el mundo cuenta con un smartphone, una tablet… lo que nos obliga a estar siempre online, surgiendo la imperante necesidad de ocupar nuestro tiempo, aunque sea el de ocio, en temas relacionados con el trabajo o las redes sociales. Si a ello le sumamos ese viejo amigo que de cuando en cuando nos acompaña, el “ego”, aquel que nos inserta el falso microchip de la responsabilidad, de la sensación de sentirnos imprescindibles (delegar ni se nos ocurre) ya el problema se agrava. Esperamos diligentemente el devenir de futuros problemas en nuestras respectivas empresas que solo nosotros sabremos solucionar… ¡Más vacaciones y menos vocaciones!

Y así no, así es muy difícil disfrutar, porque todo esto se aleja mucho del concepto de “Il dolce far niente”, o lo que es lo mismo, lo dulce de no hacer nada. Porque en una era en la que todo se mide, ¿cuál sería el indicador de haber tenido unas buenas vacaciones?

Dicen que si vuelves a casa tan feliz como te fuiste, entonces es que has disfrutado de unas buenas vacaciones. Puede ser, aunque también dicen que deberíamos volver más felices (otro de los motivos por los que se hace necesaria la formación, unificar criterios): con el descanso los  pensamientos negativos desaparecen de nuestra mente, que empieza a liberar endorfinas, también conocidas como hormona de la felicidad, con la que se alcanzaría el equilibrio, la paz y la tranquilidad, alejándonos de la tan temida ansiedad…

Sin embargo, ¿quién no conoce el tan llevado y traído síndrome postvacacional? Ya de vuelta de nuestro periplo vacacional, retomamos nuestra vida habitual, con sus horarios y actividades y no precisamente con la motivación y el entusiasmo que se presuponían, sino con cansancio, apatía, irritabilidad, tristeza…nos faltaría ese periodo de adaptación ¿lo añadimos también, como práctica adicional, a esa formación iniciática?

Vacaciones, sí, claro, la necesidad se presupone, en algunos más que otros: “nadie necesita tanto unas vacaciones como la persona que acaba de tomarse unas” (Elbert Hubbard). Pero con manual de instrucciones, y con el rigor que se merecen, que el que vuelve de un viaje nunca es el mismo que el que se fue. Había que decirlo.

En moda alguna

Bloggers, instagramers, personal shoppers… a estas alturas nadie puede discutir que la moda es una herramienta que sirve de inspiración a muchas personas para descubrir su potencial oculto relacionado con la creatividad, ayudándoles a expresar su identidad de forma externa y visible. Hasta tal punto, que se podría decir sin miedo a equivocarnos, que la moda, como fenómeno cultural y social, es parte inseparable de la cultura.

Y hasta aquí todos de acuerdo: “la moda no incomoda”, sentencia el dicho popular adquiriendo tintes de norma social. Y todos contentos, porque creemos (o al menos eso afirmamos) que la moda nos da libertad, distinguiéndonos como individuos: ¿nuestro estilo nos define?

Si la moda fuese una mirada al futuro y un desafío a la costumbre, puede. Pero desgraciadamente, existen las marcas, que nos esclavizan, limitando nuestra percepción personal. Únicamente las casas de Alta Costura garantizan que el modelo que se adquiere en ellas solo se repetirá un máximo de tres veces, como símbolo de exclusividad y esto, ya se sabe, es ciencia ficción para la mayoría de los mortales, los que en mayor o menor medida nos dejamos llevar por las marcas y su eterna promesa de statu quo, que nos adormece en una constante búsqueda de reconocimiento grupal.

EN MODA ALGUNA...

“La moda debería ser una forma de escapismo, no una forma de aprisionamiento”, decía Alexander McQueen, y efectivamente, parece que en eso se convierte a menudo, en una especie de cárcel en donde el consumo llega a ser una forma de inclusión social.  O… ¿acaso no juzgamos en demasiadas ocasiones a quienes nos rodean por sus decisiones de consumo, en lugar de por sus acciones y su esencia? ¿No sucede más de una vez que aceptamos o rechazamos a las personas de nuestro entorno, en función del tipo de marcas que utilizan?

Sería bueno detenernos un momento a reflexionar hasta qué punto la moda o las marcas son responsables del deterioro de determinados valores en la sociedad actual, alejándonos paradójicamente de nuestra propia identidad, hasta llegar incluso a olvidarnos de quiénes somos. Si la moda nos domina, perdemos el privilegio que en principio ésta nos otorga: la posibilidad de mostrar quiénes somos y qué queremos expresar. ¡Y esto no lo deberíamos permitir en moda alguna!

Saber quiénes somos es nuestra primera obligación: “conócete a ti mismo y luego viste en consecuencia” (Epicteto), lo que implica aceptarnos para poder orientar nuestra vida hacia los propios intereses, pero respetando a su vez los de los demás. Conocer nuestra naturaleza, nuestras limitaciones, lograr la armonía entre cuerpo y espíritu, sin dejarnos llevar sin más por las últimas tendencias, traspasando los límites de la propia apariencia.

Moda sí, pero como herramienta de comunicación social para defender aquello que deseamos, desde la dignidad, la tolerancia y el respeto, hacia uno mismo y hacia los demás, conciliando identidad y apariencia. Sin olvidar que también somos lo que no somos, somos las cosas que nos diferencian e incluso podemos llegar a ser aquellos que hoy vemos diferentes.

Bailando con la incertidumbre acabé llevando el paso

Decía el gran maestro del suspense, Alfred Hitchcock, que cuanto más normal y familiar es una situación, más susceptible es de volverse extraña o estremecedora. Entonces, si un buen twist en el cine puede convertir una película mediocre en una obra maestra, por qué, sin embargo, en la vida diaria preferimos no dejar ni una posibilidad al azar y asegurarnos cada día de saber dónde queremos llegar, reduciendo la incertidumbre en un intento desesperado de eliminarla por completo.

Siempre queremos conocer qué es lo que va a suceder, de qué lado vamos a caer, adelantándonos a lo que va a sobrevenir, controlando todas las variables y planificando nuestra propia película, creyendo vivir una realidad que tiene más de ficción que de verdadera existencia. Y de repente nos damos cuenta que en verdad no avanzamos, que estamos perdiendo la oportunidad de dar esa vuelta de tuerca al argumento de nuestras vidas.

La incertidumbre nos lleva hacer cosas ilógicas porque no estamos del todo seguros y además, porque despierta en nosotros un cierto temor, un sentimiento apremiante de pérdida que nos impide comprender que a menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.

INCERTIDUMBRE

No, no estamos cómodos en la indecisión y quizás sea también porque no logramos ver que en ella realmente todas las puertas permanecen abiertas. Debemos aprender a bailar al compás de ese maravilloso suspense, para acabar llevando el paso. No podemos controlarlo todo, porque no podemos afirmar ni negar nada, ni es cierto que todo sea incierto.

Werner Heisenberg (premio Nobel de Física en 1932) formuló el principio de incertidumbre o de indeterminación, por el que se asegura que es imposible medir simultáneamente de forma precisa la posición y el momento lineal de una partícula. De acuerdo con el mismo, deberíamos poder comprender que aquello que buscamos lo debemos explorar a través de una interrogación ilimitada, familiarizándonos con la incapacidad de hacer predicciones exactas, normalizándola a través de nuestros pensamientos y emociones, ya que sobre estos últimos sí que podemos ejercer un cierto control si nos lo proponemos.

 Abandonemos entonces esa búsqueda de la certeza y aprendamos el arte de tomar la realidad por sorpresa, puesto que por sorpresa encontramos lo que menos esperamos y tenemos derecho a esas sorpresas y al placer que nos puedan deparar las mismas.

Además, ¿no debería darnos más miedo lo que ya ha pasado que lo que pueda suceder? El futuro es dudoso, pero ello no puede nunca justificar que estemos programados para tener miedo. Es más bien un juego, pero no un juego en el que necesariamente haya que perder, sino un juego en el que hay que conocer bien las reglas, pues si nos descuidamos, como indica el poema de Alfredo Mendoza, se convierte en una “obsesión por el mañana, lo que arrebata la libertad y serenidad de hoy…, un juego en el que “creas, supones, previenes algo que nadie puede asegurar que vendrá”.

El arte de tensar los hilos o vivir para bordarlo

Por el hilo se saca el ovillo, pero hay muchos hilos en nuestra historia y a veces es difícil averiguar cuáles serán útiles para encontrar la salida de nuestro particular laberinto. Elegir bien el hilo es importante, pero no más que conocer el punto de partida, esto es, saber dónde nos encontramos. Porque la vida nos rompe, y a veces incluso desgarra, haciendo que perdamos nuestras referencias, aquellas que sirven para orientarnos en el mapa de la existencia.

Claro que todo esto poco importaría si creyésemos en un destino manejado por las Moiras o hilanderas del destino en la mitología griega: Cloto, Láquesis  y  Átropo que, para cada mortal, regulaban la duración de la vida con ayuda de un hilo que la primera hilaba, la segunda enrollaba y la tercera cortaba cuando llegaba la muerte. Pero en nuestro particular patchwork la cosa se complica. No es solo coger una aguja, enhebrar y coser, también existen jirones en forma de heridas que debemos ir recomponiendo con trozos de distintas telas, colores y formas, intentando confeccionar una vida que no parezca hecha a remiendos. Por eso debemos tener cuidado, y no poner retoques de paño nuevo en vestido viejo: “nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura” (Mt. 9:16).

A REMIENDOS

No podemos esclavizarnos con los recuerdos, no debemos anclarnos en el pasado, hay que avanzar. Sí, los recuerdos tejen lo que somos, pero esa experiencia nos debe servir como conocimiento para avanzar, no para quedar estancados. Hay que desenvolver la madeja de hilos y tensar solo los que de verdad importan. ¿Cómo lo hacemos? Eligiendo únicamente aquellos que den sentido a lo que hacemos, a lo que somos, realizando nuestro propio hilorama, aquel con cuya figura o patrón nos identifiquemos.

Ello implica huir de batallas ineficaces que nos desgastan y no nos conducen a ninguna parte, además de hacernos un daño a veces irreparable. Supone comprender que el pasado no puede convertirse en presente y abstenernos de querer que las cosas sean como queremos nosotros que sean, sin fijar previamente quiénes queremos en realidad ser. Es necesario tensar bien los hilos de la autoestima, de la responsabilidad y de la sinceridad, aquellos que nos hagan conectar con nuestro verdadero yo, que nos hagan auténticos, no solo desde un punto de vista egocéntrico, sino también relacional, tarea no exenta de esfuerzo y que requiere grandes dosis de coherencia.

Esto no se logra de la noche a la mañana, se necesita compromiso, integridad y perseverancia, que no rigidez. Así iremos eligiendo los clavos alrededor de los cuales tensaremos los hilos que de verdad importan, atreviéndonos a ser nosotros mismos como hijos, padres, compañeros, como amigos, pareja, hermanos…como desconocidos. Que cada puntada que demos sea con un hilo que aporte riqueza y valor a nuestra vida, sin sacrificar esencia, valores o identidad.

Fácil no será, y más sabiendo que el certificado de autenticidad lo expedimos cada día sorteando muchos nudos en nuestra garganta, derramando lágrimas; pero el hilo de la vida es lo que tiene, no da tregua y si te descuidas se afloja, por eso, enhebremos bien la aguja y vivamos para bordarlo.

¿Qué color tiene la vida?

Si el ojo humano puede distinguir aproximadamente diez millones de colores diferentes, ¿por qué a veces nos empeñamos en verlo todo de color gris o negro?

Además, el negro es la ausencia de luz, y por lo tanto no refleja color, no es ni siquiera un color, mientras que el color nunca muere, y hasta la sombra, esa que imaginamos oscura y lúgubre, tiene un color y es el violeta, como escribió en una carta el pintor Édouard Monet refiriendo este hallazgo.

Mucho se ha hablado sobre los colores y se ha escrito más aún. El poder e influencia del color es algo absolutamente fascinante, y según la psicología, los colores producen o alimentan sensaciones y emociones en las personas. Para la psicóloga Carolina Botero existe una relación entre los colores y los estados emocionales y tiene que ver con asociaciones (del pasado) que permiten que se activen ciertas emociones, aunque no en  todas las personas  por igual. Incluso existe una terapia que utiliza los colores para sanar el alma, limpiar el cuerpo y fortalecer a la persona. Esta se conoce como “terapia del color”, donde cada color tiene su propio significado y cada uno de ellos influye de formas diferentes.

Vemos que de los colores se puede decir de todo, excepto que son una trivialidad, si hasta la muerte han causado: según la leyenda, Napoleón Bonaparte murió envenenado por los vapores de arsénico que exudaba la pintura verde esmeralda (el arsénico estaba camuflado en el color verde Scheele), de las paredes húmedas de su casa en el exilio de Santa Elena; y remontándonos a la Edad Media, llevar un color no acorde con el estatus social se podía penar también con la muerte.

colores

Entre el blanco y el negro, no está el gris, está el arcoiris y ello no significa necesariamente que éste sea el abanderado del idealismo, sino solo la existencia de otras opciones, un abanico en el que poder elegir, entendiendo opciones como oportunidades. Las oportunidades son destellos de colores en medio de tanta oscuridad.

¿Por qué partir entonces del negro en lugar del blanco, si el blanco es la mezcla de todos los colores? Las obras de arte suelen comenzar con el blanco del lienzo o del papel, porque sobre el blanco se comienza a imaginar, a soñar. Cada día que amanece, lo hace con colores, aunque sean colores que no nos gustan, que nos provocan dolor: el color de la tristeza, el color de la soledad…pero aun así, son colores que podemos cambiar, porque tenemos la oportunidad de hacerlo, eso sí, lo que no podemos ni debemos esperar es que las oportunidades se presenten tal y como deseamos. A veces incluso son incómodas, nos asustan y las rechazamos. Pero tenemos el inmenso privilegio de poder elegir, de elegir el color con que pintar, aunque al cuadro le falte vida.

No deberíamos olvidar nunca esa fortuna, ese poder al menos pensar, imaginar o soñar el color de nuestra vida, la que vivimos o la que nos gustaría vivir. Porque, como dice la canción (Óscar Barrios/Rubén Rey),  “¿qué color tienen los niños, con el hambre en su mirar, esos pobres los más pobres que no lloran por llorar? El color de los que sufren, nadie los quiere pintar… Qué color tiene la vida, no es para todos igual”.

Y no, esto no es aconsejar ni sentir pena por los males del mundo, es hablar en voz alta o hacer las paces con la realidad. Es mi laberinto, y en él hay llaves ajenas que marcan la diferencia, la de intentar hacer la vida bella, pensando bien de ella.

¿Y TU VIDA? ¿De qué color es tu vida?