Estoy enfadada, muy enfadada y lo sé porque creo que me duele hasta el alma. No voy a contaros las causas de mi enfado (que las hay, o al menos eso creo) y debo medir bien sus consecuencias, porque no quiero que aumente, aunque sea muy difícil no alimentar el hábito.
El enfado es una emoción más (una de las emociones descritas por el psicólogo estadounidense Paul Ekman como básicas) y las emociones forman parte de nuestra vida, guían nuestras acciones, avisándonos, permitiendo que nos adaptemos mejor a nuestra existencia. Hay quien se atreve incluso a decir que es la más seductora, y estemos de acuerdo o no, lo que a lo largo del tiempo y de diferentes estudios ha quedado claro es que expresar el enfado resulta mucho más sano que reprimirlo (arritmias, daños hepáticos, dolores musculares, dermatitis, gastritis… son algunas de las secuelas de no manifestarlo y que tienen que ver con nuestra salud, bien preciado donde los haya).
Todos nos hemos enfadado alguna vez, si bien es cierto que no todos estamos igual de predispuestos a hacerlo, o en el mismo grado. A priori, parece que enfadarse no es en sí mismo algo malo, lo que sí puede terminar siéndolo es tener un umbral muy bajo a la hora de hacerlo, enfadándonos por cualquier cosa sin importancia; o enfadarnos por algo realmente importante y convertir esa energía euforizante en agresividad, o prolongarla excesivamente. Vemos entonces que enfadarse no es tan sencillo como parece, o al menos, el hacerlo correctamente. Se requiere una cierta maestría emocional, como dijo Aristóteles: “cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.”

Reprimir el malestar no es una buena opción, pero debemos aprender a gestionar esta emoción que nos está alertando sobre algo que no está alineado con nosotros y con lo que no estamos en absoluto de acuerdo. Debemos aprender a reajustar nuestros límites, a entrenarnos para lograr identificar el motivo que lo origina (intentar no enfadarnos sin saber por qué, conocer las causas para evitar posibles consecuencias) y establecer fronteras temporales para que desaparezca una vez que haya cumplido su función.
Pero claro, cada persona es un mundo y eso conduce a que las causas o motivos que nos producen enojo varíen mucho para cada uno de nosotros, poniéndonos solo de acuerdo en que ‘hay dos cosas por las que una persona nunca debe enfadarse; por lo que puede solucionar y por lo que no puede’.-Platón.
Bromas aparte, está claro que no decidimos muchas cosas que sentimos, aunque desde bien pequeños nos hablan de autocontrol, de intentar evitar perder el control sobre nuestras emociones: resiliencia. Pero, cuidado, autocontrol sí, pero sinceridad también. Porque lo de disimular y aparentar normalidad puede llegar a hacernos más vulnerables y detrás del enfado se esconde a menudo una tristeza profunda que no hemos podido expresar y que ahora pugna por un cambio, una salida. ‘Quien te altera te controla’, es cierto, pero no es menos cierto que sentir el enfado no es perder el control, ni ello nos hace más débiles. La clave una vez más está en saber administrarlo, porque si lo sentimos es que existe una razón, una amenaza concreta que debemos resolver.
Y lo verdaderamente difícil viene ahora: existe enfado, existe dolor, pero también existe la fundada o infundada creencia de que también existe la posibilidad de deshacer el daño causado por el acto (normalmente de maldad, pero esto ya es muy subjetivo) que nos ha provocado tal dolor. ¿O no ocurre esto cuando el objeto de nuestros enfados son las injusticias? Nos sentimos no solo con la necesidad de enfadarnos ante las mismas, sino también con el derecho a hacerlo. Y, desgraciadamente, en un mundo como el actual donde éstas afloran cada día y en cualquier parte del planeta (algunos dirán, no sin razón, que aquí la balanza también está bastante desequilibrada) corremos el riesgo de vivir siempre enfadados, abocados a una eterna infelicidad.
No lo sé, quizás el secreto radique en utilizar esta herramienta como impulso y no como freno, adaptándonos a estas situaciones, pero entendiendo que más allá de una señal social, desde el punto de vista individual, la indignación y el enfado deben motivarnos para avanzar en la vida, convirtiéndonos en seres más fuertes, no más pequeños, alcanzando metas sin que ello implique ir sembrando semillas de futuros sufrimientos.
Y por supuesto, a veces erraremos el camino y abandonaremos en el proceso batallas que no merecen la pena ser libradas, fuegos que es mejor no alimentar, porque a veces, si no frenamos nuestro enojo, éste puede llegar a resultar más doloroso que la lesión que lo provoca. Pero, aun cuando para muchos esté mal visto, que siga siendo una posibilidad, eso sí, sin confundir el síntoma con la enfermedad, que una cosa es enfadarse y otra muy distinta lo que somos capaces de hacer cuando estamos enfadados. Que a veces “lo que empieza en enojo termina en vergüenza”.-Benjamín Franklin.