Cuando los recuerdos son mentiras…

Hace poco leí que “todos necesitamos recuerdos para saber quiénes somos.” Si esto fuese así, para saber quiénes somos en primer lugar sería necesario tener muy claro qué significa la palabra recordar.

Para Aristóteles, el corazón era el órgano fundamental del ser humano, y el cerebro, tan solo un mero colaborador, por lo que en aquella época pensar que la memoria estaba alojada en el corazón se consideraba lo habitual; de ahí que los romanos emplearan la palabra recordari, derivada del prefijo re- (‘de nuevo’) y del sustantivo cor, cordis ‘corazón’, que llegó a nuestra lengua como recordar para expresar el ‘volver a pasar por el corazón’, esto es,  “lo  que volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón”, como escribió José Ortega y Gasset.

Sin duda alguna, una palabra tan bella como necesaria, ¿o no tanto? Porque, por una parte, sabemos que recordarlo todo es imposible y que nuestra memoria es selectiva: solemos diferenciar entre lo que nos hace sentir bien y lo que nos hace sentir mal, y elegir aquellos recuerdos que conducen a sentirnos mejor. Es decir, que el cerebro recupera lo que quiere y, aparentemente, no lo que se le pide.  Y por otra, no hace mucho que la neurociencia descubrió que los propios recuerdos provocan el olvido, o dicho de otro modo: la evocación repetida de los recuerdos nos hace olvidar parte de ellos.

Lo que a priori pareciera un acto de voluntad, vemos que se complica. Y si descendemos al ámbito de las relaciones personales, mucho más aún. ¿Destruimos al otro cuando somos incapaces de imaginarlo, o cuando decidimos no recordarlo? Y al contrario, ¿inventamos recuerdos para que las relaciones duren o existen éstos verdaderamente? Porque tampoco olvidemos que en ocasiones no nos importa lo mucho que hemos sufrido, y nos resistimos a dejar marchar ciertos recuerdos, como si fuese necesario recordar para poder olvidar.

RECUERDOS 2

Un mundo absolutamente contradictorio el de los recuerdos, que ayudan a poblar la soledad de algunos, mientras que para otros, la convierten en más profunda. Una cuestión de perspectiva, sin duda, como grande es el mundo a la luz de las lámparas y pequeño a los ojos del recuerdo.

Y entre tanta contradicción una pregunta inevitable: ¿qué es peor, no tener recuerdos o darse cuenta de que nuestros recuerdos no son más que mentiras? Decir siempre la verdad es imposible, aunque sea a nosotros mismos, de ahí que digan que si se pudieran oír todos nuestros pensamientos, nos mataríamos unos a otros. Y no es hacer apología de la mentira, sino reconocer que la mentira es, en ocasiones, la mejor opción a la hora de comunicarse con los demás. Porque, como de recuerdos hablamos, ¿qué sucedería, por ejemplo, si nos empeñásemos en recordar continuamente a los que nos rodean sus carencias, defectos o frustraciones?

¿Podemos pagar tan elevado precio o es mejor para todos creer, como lo hacía François de La Rochefoucauld,  que “la verdad no hace tanto bien en el mundo como el daño que hacen sus apariencias”?

Creo que la respuesta es sencilla y si no, basta mirar algunas fotografías para recordar por qué algunos momentos son imposibles de reproducir: o nunca existieron o se han ido para siempre. ¿Verdad o mentira?

Isla Decepción

Isla Decepción es un singular y extraño lugar en las islas Shetland del Sur, al noroeste de la península Antártica, cuya apariencia engañosa hizo que un foquero estadounidense, Nathan Palmer, la bautizase como “Deception Island”, ya que en un principio pensó que era una isla normal, hasta que descubrió que se trataba de un volcán activo, rodeado de tierra caliente.

Y como decepción también bautizamos a esa emoción que nos embarga cuando una determinada realidad no cumple con la expectativa que teníamos  o esperábamos. Y hablo en plural, porque difícilmente encontraremos a alguien que no se haya sentido alguna vez decepcionado.

iSLA DECEPCTION

Ciertamente, en la decepción se unen dos emociones, la sorpresa y la pena, una pena que incluso se duplica, (ya que nos decepciona la situación y también nuestra actitud ante la misma), lo que nos recuerda que las relaciones están en continuo cambio, igual que el comportamiento de quienes nos rodean y también el nuestro, porque no solo nos decepcionan los demás. A menudo pensamos erróneamente que son los otros los que nos decepcionan, o al menos aquellos a los que queremos, o aquello que creemos que nos importa (siendo esto así, los enemigos jamás nos decepcionarían, porque nunca esperamos nada de ellos). Pero,  cuando somos nosotros quienes nos decepcionamos… ¿tampoco cumplimos con nuestras expectativas? ¿Por qué nos decepcionamos de nosotros mismos al no lograr lo que hemos proyectado? Muchas podrían ser las respuestas, pero todo apunta a que probablemente hayamos abierto una brecha demasiado grande entre esas expectativas y la realidad, una realidad en la que no hemos dado cabida a variables tales como constancia, fuerza de voluntad, estándares sociales…

En Isla Decepción existe fuego bajo los glaciares, lo que hace que esté calificada como de “significativo riesgo volcánico”. ¿Es también la decepción nuestro volcán interno particular, esa enfermedad infecciosa que elimina la alegría del alma, que amenaza al cerebro con entrar en erupción por no ajustarse éste a la realidad? La decepción nos convierte en subordinados emocionales sin darnos cuenta de que, en realidad, nadie está obligado a cumplir con nuestras expectativas, ni siquiera nosotros mismos, porque verdaderamente lo que experimentamos no es más que una sensación de pérdida por algo que nunca hemos tenido.

DECEPCIÓN 2

En consecuencia, quizás en lugar de rehuir este sentimiento, incluso cuando sea propio, sería más conveniente hacer de él un mejor uso, admitiéndolo, aceptándolo, lo que no implica necesariamente que debamos resignarnos ni someternos, sino alquimizarlo, actuando e intentando obtener algún beneficio con la experiencia vivida, como hacen los sistemas informáticos con las técnicas basadas en la decepción o el engaño, ‘Deception Frameworks’, de las que alcanzan notables ventajas sobre los controles de seguridad tradicionales.

Hagamos entonces de la decepción un sentimiento que nunca decepcione, que sea otro comienzo. Normalicemos su existencia y entendamos, como el filósofo André Comte-Sponville, que “la decepción forma parte de nuestra humanidad. Por lo que debemos aceptarla también y dejar de esperar que nunca más nos sintamos decepcionados”.

Como Isla Decepción, que ofrece la rara oportunidad de navegar por el interior de un volcán, naveguemos también por esta forma de pensar, que tal vez sea la única que nos conduzca a reflexionar sobre la aceptación, ese cráter interior necesario para vivir en lo real y no en una espiral continua de ilusiones y desilusiones, en busca de una satisfacción final que quizás nunca existió.  Hay que acoger el mundo tal como es, con sus contrastes, en vez de exhortarlo a que sea como debería ser. Eso implica aceptar también la decepción, reconocer tranquilamente que esperábamos algo distinto.

Volviendo a la isla, resulta curioso ver el contraste que producen sus tierras de escorias negras y lava solidificada, con el hielo del resto de millones de kilómetros cuadrados de la Antártida, como contradictorio es extrañar lo que nunca hemos tenido, arrepentirnos de los errores nunca cometidos, o irnos de donde nunca hemos estado. En definitiva, así es la vida: “se contradice tanto, que uno se las arregla como puede con la vida”, Antoine de Saint-Exupéry.

Escuchando tu silencio

Me quedo muda escuchando tu silencio. No lo entiendo, no sé interpretarlo. Escuchar es un arte, y de repente comprendo que solo es capaz de escuchar el silencio quien decididamente maneja sus propios sentimientos. Y comprendo también que a escuchar el silencio se puede aprender, como a escuchar la palabra, pero que lleva su tiempo.

He dado el primer paso, sin duda, y éste es el de callar. Sé que a diario la vida me ofrece este privilegio, pero hasta hoy no lo he aprovechado.

¿Es el silencio la peor mentira, como dicen algunos, o por el contrario, el silencio de las personas a veces está más cerca de la verdad que sus palabras? Sea como fuere, verdad o mentira, tu silencio toca mi alma y la transforma. Cambia las prioridades, y altera el tic tac del reloj imaginario que hay en mi interior. Tu tiempo es mi tiempo y eso me hace más grande, porque me siento dueña de mi silencio, que ya no es llanto, ni melancolía, es aliento.

Y AHORA TE VEO

Y poco a poco te entiendo, como tú me entiendes a mí, porque esta soledad que nos une hace que superemos nuestras barreras, aquellas que habíamos creado cuando nos empeñábamos en hablar, eludiendo problemas.

Mis palabras aprenden de tu silencio dejando atrás su ruido ensordecedor. Conecto con tu mirada, porque tus ojos también me hablan con un lenguaje lleno de brillos. Y ahora te veo. Te veo, y sé que estás ahí porque te escucho y sé que escuchar es un acto de silencio. De tu silencio y mi pausa nace el espacio para imaginar y soñar, y el tiempo para responder a las preguntas que ya nunca nos haremos.

Ya no hay prisa, ya no hay apuro, solo asombro, maravilla, alegría y atención. Posibilidad de esperar lo inesperado y prever lo imprevisible. Hay silencio, hay descanso, hay respiración. La tuya y la mía. La NUESTRA.

Ya no hay tristeza, ya no hay distancia, solo las llamas que se encienden con la calma, cuando con tu silencio me callas.

Nos damos la vuelta y seguimos caminando y callando. No hay retorno. Porque “callando es como se aprende a oír; oyendo es como se aprende a hablar; y luego, hablando se aprende a callar”. Diógenes de Sínope

Envidia, o querer lo que otro tiene

Cuántas veces hemos oído o pronunciado aquello de “siento una envidia sana”, como sinónimo de admiración por alguien, entendiéndolo como algo bueno y eliminando de este sentimiento cualquier connotación negativa. Pero si tenemos en cuenta que una de las acepciones más comunes de la envidia suele ser la codicia, no parece que pueda existir a priori esta envidia sana, tal y como piensan algunos psicólogos, como Jonathan García-Allen, quien afirma que la envidia sana no existe: “lamentablemente, toda envidia causa un malestar y es un perjuicio para lograr nuestros propósitos”.

Podemos decir entonces que la envidia siempre es mala porque duele, es una sensación dolorosa para quien la padece (el dolor del bien ajeno, como diría Santo Tomás), pero también puede acarrear consecuencias negativas a quien es objeto de la misma. Duele la envidia (según los investigadores, los sentimientos de envidia se procesan en la misma región cerebral asociada al dolor físico), pero cuando eres tú el objeto de ella, duele mucho más, y quien la ha sufrido lo sabe.

ENVIDIA

¿Por qué duele tanto? Porque sobre este hecho no tenemos control ni responsabilidad alguna, y lo mejor que nos puede suceder es que pase desapercibida a nuestros ojos. Y también duele porque al envidiarte, en realidad están tratando de excluirte. Si esto ocurre, lo mejor es comprender cuanto antes que no importa realmente aquello que digamos o hagamos, ni la prudencia o discreción que guardemos, pues la mirada de estas personas siempre estará condicionada por el filtro de la envidia, y “el  silencio del envidioso está lleno de ruidos” (Khalil Gibra).

¿Es la envidia entonces uno de los mayores males que una persona puede sentir? Parece ser que Horacio no tuvo la menor duda de ello al escribir que “todos los tiranos de Sicilia no han inventado nunca un tormento mayor que la envidia”.

A estas alturas de la película es imposible negar que nos hallamos ante un fenómeno humano universal y atemporal, y hasta dicen de él que no hay dignidad en este sentimiento, resultando siempre oscuro, mezquino y bajo el imperativo de permanecer oculto, como si de la comisión de un delito se tratase, pese a no haber una justificación legal que ampare esta premisa.

Seamos prácticos. Es un vicio que no ofrece placer a nadie, ni al que la siente ni al que la padece, por lo que hagamos caso al dicho: envidia, ni tenerla, ni temerla.

 

Anoche soñé que alcanzaba mi sueño… pero desperté.

Anoche soñé que alcanzaba mi sueño… pero desperté. Y lo hice bruscamente, al ruido de la insistente frase de León Daudí que retumbaba en mi mente de forma obsesiva: “sólo es capaz de realizar los sueños el que, cuando llega la hora, sabe estar despierto”.

Y junto a mi desvelo surgieron las preguntas, en conversación misma unas con otras. ¿Qué es realmente necesario para que  un sueño se haga realidad? ¿Es obligatorio querer que suceda, o se trata más bien de creer en uno mismo?

Mientras unos hablan de suerte, otros apelan a la inteligencia, el talento o la genética,…y por qué no, añaden otros, confianza, convicción o motivación: los sueños, dicen, nos mantienen motivados para seguir adelante, para no bajar los brazos y seguir… Algo muy bueno, sin duda, si conocemos la meta.

¿Somos nuestros sueños? ¿Nos definen los esfuerzos que hacemos para alcanzarlos? Si esto es así, ¿qué ocurre con las personas que no tienen sueños? ¿Qué sucede cuando crecemos, abandonamos la niñez y perdemos esa capacidad natural de imaginar y soñar?

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Preguntas y más preguntas, y no todas ellas cerradas, precisamente (ya se sabe que hacer las preguntas correctas requiere de tanta habilidad como dar las respuestas exactas).

Por otra parte, ¿cómo estar seguros de que en verdad son nuestros sueños, nuestras ambiciones, o solo lo que creemos que debemos hacer, porque seguimos el dictado de la tiranía que nosotros mismos alimentamos? Modas que coartan la libertad de elección, de decidir cómo gestionamos  nuestra vida…

Quizás, y solo quizás, (porque la Hoja de Ruta no es indeleble) la clave esté una vez más en no centrarse tanto en la meta, sino en disfrutar con el camino y hacerlo con pasión, sabiendo quiénes somos. Ser nosotros mismos, ser lo que sentimos, que ésta sea nuestra energía, el combustible necesario para avanzar en la vida, la esencia vital. Quizás…

Anoche soñé que alcanzaba mi sueño… pero desperté. Aunque ahora ya lo sé. “En la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen; la gran mayoría de los sueños se roncan”. Enrique Jardiel Poncela

Entre pasillos…

Dicen que las escaleras conectan y los pasillos comunican, pero es cierto también que a veces nos encontramos con pasillos que no dicen nada, o que están totalmente desiertos, y la verdad es que asustan. ¿Quién no recuerda el inquietante pasillo de la película El Resplandor, de Kubrick?

Etimológicamente es en el latín donde encontramos el origen de la palabra pasillo, como un diminutivo de paso. En concreto, deriva de la palabra “pasus”. Y es curioso, porque nos cansamos de escuchar que cuando una puerta se cierra, otra se abre; pero lo que no te suelen decir (o no nos paramos a pensar), es que en ese vaivén de abrir y cerrar puertas, entre medias muchas veces existen largos y tediosos pasillos, que como dirían en decoración, ‘distorsionan y estropean el ambiente’: resultan difíciles de atravesar, suscitan miedos y llegan incluso a hacernos caer en la desesperanza.

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Por eso es tan importante recordar su origen y lo que significan, porque los pasillos, sean más o menos largos, son parte del proceso de la vida y así los hemos de aceptar. Y quizás no haya que esperar a que esas puertas imaginarias se abran, porque puede que ya lo estén y lo único que debamos hacer es transitar por el proceso lógico que nos llevará a ellas, creciendo, transformándonos. Un proceso que para algunos será rápido y que a otros, por el contrario, les hará caminar durante días, meses o años. No importa. No importa lo largos que sean, si al final conducen a nuestro destino.

Tristemente, solo aquellos pasillos sin música de fondo (cuando nos abandona la banda sonora de nuestras vidas), sin sonidos que hagan compañía, son los que se hacen demasiado extensos, porque en ellos, conceptos como tiempo y espacio no llegan a superar las teorías físicas.

¡Ay pasillo! Eres tú mi camino, que no mi destino. ¡Ay pasillo! Como en la letra del tango, “pasillo de la vida, pensión de la libertad… dormida. Loca por tu noche cada noche voy!

Vivir también es un oficio

VIVIR TAMBIÉN ES UN OFICIO

Pugnemos por vivir. Seamos realidad y no recuerdo

Como escribió Norman Cousins ​​“la muerte no es la pérdida más grande en la vida. La mayor pérdida es lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos”.

Se nos va la vida sin vivirla, eternamente conectados encontrando pretextos para nuestra indolencia.  Y  se nos va la vida cuando  por  miedo renunciamos a sueños, anhelos, pasiones, ignorando que existen, buscando rápidas respuestas a preguntas nunca formuladas.

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Laberinto… con llaves ajenas

Laberinto. Cuenta la leyenda que fue Dédalo el encargado de diseñarlo por orden del rey Minos para encarcelar al Minotauro que, en clave simbólica, representa siempre nuestros miedos ancestrales e interiores, esos que tenemos que dominar y vencer. Esa es la única forma de crecer,  de superar los vericuetos del laberinto y de salir airosos de él.

Aunque los primeros laberintos solo tenían un camino, este mi laberinto será un viaje por etapas con diferentes veredas, e intentaré junto a vosotros salir airosa. Quizás no sea una tarea fácil, pero sin lugar a dudas será absolutamente fascinante.